12 – La flor de la canela

Aquel día como tantos otros me encontraba en casa, cuando de pronto se oyó aquella voz ya familiar, por las tantas veces escuchada, portadora de un ruidaje como de garganta despareja, consecuencia de crudos temporales, generosos en provocar resfríos y gripes invernales, además de una gratis participación de espesa nicotina, producto de continuados cigarros de tabaco negro alias Río Novo.

Si Señor ahí estaba que cuando dijo “permiso”, ya estaba adentro. Es que José Maria ‘Espumadera’ Cabral, al igual que tantos otros no necesitaban llamar, además no era necesario, en esos tiempos y es muy capas que ahora sigue siendo igual, o parecido pero en Ombues de Lavalle las casas no sabían de puertas de seguridad, pero quien me lo sabría decir por estas épocas de tanto cambio.

Bueno ese día José Maria venía con un aviso invitación de parte de mi tocayo Walter Long. El popular ‘Erizo’ para casi todos, el asunto compartir unos pollos a la cacerola por supuesto que bien regado con su necesario licor damajuanero. No era nada nuevo ya que casi todas las semanas había algún motivo para pasar gran parte de la noche de los lunes en amistosa camaradería, vaya calidad de empezar la semana. El amigo ‘Erizo’, por ser muy querido por todos siempre era obsequiado con productos de granja, principalmente por sus paisanos y todas esas regalías eran compartidas en noches de vino, guitarra, canto y cocinadas.

Cuando llegue el tocayo estaba preparando todo mientras la cocina ‘Volcan’ calentaba agua en una olla de aluminio llena de platos y cubiertos sin lavar, demorados de la semana anterior, respetando una vieja tradición de hombre que vive solo y con escaso tiempo,  además de la poca colaboración por parte de los invitados.

Espumadera Cabral había ido en busca de pan, pero como siempre se demoraba en alguna partida suave de ‘chevele’ en el club Peñarol. Una radio grande de forma ovalada, antigua reliquia nos deleitaba con un Carlitos Gardel mas ‘inspirado’ que nunca, en una media hora de recuerdos y justo que ‘El Pulpo’ Irineo Leguizamo cruzaba la meta triunfal, llego Néstor ‘Coco’ Purtscher en una bicicleta de mujer la cual arrecostó a la pared, venía acompañado de Mario Oudri que se traía un litracho debajo de la ‘manga’ para amenizar la cosa.

Que pinta el ‘Coco’, recién bañadito, peinadito a la gomina y luciendo un pullóver verde de lanas ‘brillantazas’, comprado en Porto Alegre. (¡que tal!). Mario en cambio se veía un poco más suelto y ‘relajado’ con ganas de pintar la noche de color categoría. Enseguida pusimos  manos a la obra bajo la inspiraron de un vinacho, generoso en humedecer un queso semiduro y un cachatore bien picante. Algunas veces solía correr alguna cañita Brasilera, ya fuera Valverde o John Bull, la marca nunca fue de mayor preocupación. Lo importante que sirviera de base para respaldar alguna cantarola, alguna ronda de cuentos o anécdotas que siempre las había.

Al promediar la noche detrás de unas cortinas siempre aparecía ‘Pedrito’, un astuto ratoncito, viejo amigo y compañero del dueño de casa. Llegaba decidido y confiado en busca de una generosa porción de comida que lo estaba esperando, pellizcaba con algo de recelo tal vez por el ruido y desaparecía detrás de las cortinas para aparecer nuevamente cuando lo creía conveniente. 

Al ratito nomás se sintió una voz cantarina que se acercaba..”Cerebelo’ que no ha muerto Garibaldi pum, Garibaldi Pum Garibaldi pum”. Quien otro que José Maria ‘Espumadera’ Cabral, que regresaba pero sin el ‘pan’, se lo había jugado en una ‘mano’ a los dados, por mitades como el acostumbraba a jugar. Tuvo que ir el ‘Coco’ en busca del necesario elemento, de mientras Espumadera insistía en conseguir unos pesos para hacer una ‘vaca’ y seguir jugando, quería revancha el gaucho, pero el ‘Erizo’ lo puso en el camino de la realidad,  “si regresas al juego no hay pollo a la cacerola ni tampoco te dejo cantar”.  Más que suficiente amenaza como para no quedarse en el molde.

Y así fuimos entrando en la noche entre cuentos, canciones y milongas. Mientras la olla despedía un aroma irresistible, seguíamos castigando el aperitable, como decía el popular Ortegoza, que a cambio nos dejaba una facilidad para la interpretación que le brindaba a la noche sonido de risas y canciones en un clima de camaradería, donde se afianzaban los valores de una vieja amistad.

Después lo mejor. Atacamos la olla con un apetito capaz de poner en aprietos al más experimentado de los cocineros, mientras un viejo reloj de pared nos iba llevando como de la mano hacia el centro de la noche. Terminada la cena volvimos a la ‘cantata’ con una garra de la mejor calidad charrúa, gracias a un moscatel negro de la bodega de los vinos ‘Ariano’, que cada vez ‘sonaba’ mejor.

Por supuesto que la figura de la noche como siempre quien otro que José Maria de larga trayectoria Carnavalera, valga su palabra, integrando grupos o murgas que le habían dejado los mejores recuerdos de sus andanzas juveniles en las gestas del dios Momo.

Nosotros solo llegamos a conocerlo en sus actuaciones como solista en nuestros tablados vecinales. Y bueno cuando le llegaba su turno siempre hacia lo mismo, terminaba su vino de un trago largo, carraspeaba y se subía a una silla media enana, de igual forma a las que había en casi todas las casas de campaña, armazón de patas cuadradas y paja trenzada y arrancaba con algo más o menos así.

“La mujer a los 14, tiene muchas ilusiones

Se le escapan a mamita, a jugar con los varones

Yo no sé por qué será, tan extraña la mujer

Cuantos más añitos tiene más difícil de tener.

*              *             *

17 y 18 tienen más autoridad,

Se le escapan a mamita, nunca dicen donde van

Yo no sé porque será, tan extraña la mujer

Cuantos más añitos tiene más difícil de tener”

Y así seguía su verso hasta que la mujer en cuestión se perdía en el horizonte de los años, eso sí para poder bajarlo de la silla había poco menos que matarlo.

Y entre risas, canciones y vino la noche Ombuense se iba quedando dormida y aparte de nosotros, solo se podían oír los grillos y el canto de algún gallo madrugador anunciando una posible cerrazón. Después de la una de la mañana al viejo reloj de pared lo empezábamos a ver más serio y respetuoso, es que recién había empezado la semana y antes de marcharnos había que juntar un poco el ‘desparramo’. Eso si, como siempre jugaban su turnos las ‘cargadas’ para los que tenían que madrugar y ‘Coco’ Purtscher era el que más ligaba, hombre de sueño pesado en días normales ni hablar acarreando la ‘humedad’ de una noche de parranda. Muy temprano tenía la responsabilidad de prender al ‘carreton’ de reparto del almacén de los Hnos Charbonier a ‘La Canela’ una yegua de color igual al nombre y paso lento, lo cual le daba el tiempo necesario a su compañero de reparto.

Demás está decir que formaban ‘Flor’ de pareja donde el apuro jugaba en el otro cuadro y donde ‘Coco’ por largo tiempo tuvo que soportar las ‘cachadas’ que siempre le llovían, por compartir los días de trabajo con una compañera de tareas tan popular y tan noble de nombre ‘Canela’.

Ese lunes como tantos otros, faltamos sin aviso a nuestras acostumbradas reuniones de la esquina del taller, total en la semana había tiempo para ponerse al día en los ‘asuntos’ perdidos. Y así sin más nos despedimos del anfitrión de turno quien le recordó a su compañero de trabajo la hora de comenzar el laboro a lo que Coco contesto “quédate tranquilo Erizo, a Don Elbio no le puedo fallar”.  Qué gran verdad muchachos, fallarle a Don Elbio Charbonnier era no estar a la altura de la circunstancia de la vida.

Walter González