16 – Pichuqueando

Aquella tarde aparecí en la esquina del taller más temprano que nunca, iba en busca de Mario Oudri. Había estado un rato antes en el “Súper almacén” de don Miguel Vitalis, en busca de algo necesario y este me había hecho una oferta que “sonaba” de maravillas. Vendía una “acordeona” de dos filas marca Honner que se veía un verdadero chiche. El precio $50 y en cómodas cuotas, incluyendo los primeros $10 que se podían cargar en una libreta, que por supuesto pagaba mi viejo Juan. Mario si estaba de acuerdo tendría su parte pagando la mitad y así poder disfrutar de tan preciado instrumento.

Y allá salimos en busca del almacén Vitalis. Al llegar don Miguel nos hizo pasar a una pequeña sala y fue hasta el ropero en busca de la preciada joya. ¡Que lujo de verdulera! Mario no se aguanto y comento bajito, “si habrán temblado las madres en sus tiempos de mozo”, me explico, cuidando las ‘hijas’, agrego, cuantos bailongos por los pagos de La Laguna, lo habrán visto “tocar”. Don Miguel se agrandó como galleta en el agua, le quito una manta que la cubría, la calzó en sus rodillas y la empezó a estirar al mejor estilo de “Baridon” que la estiraba a todo lo que daba.

Y arrancó con una ranchera cantada más o menos así. “Cuando quise yo quererte, tu no me quisistes, tu no me quisiste, y ahora que me andas buscando, no te doy alpiste, no te doy alpiste” y continuo, “me enamore una vez, no me enamoro mas y a mí no me busques, porque no me encontras”.  Y ya con eso se aseguro la venta.

Y salimos calle arriba, acordeón en mano y más contentos que perro con dos “perras”, soñando despiertos con emular a Pichuco o tal vez a la abuelita de la acordeón Doña Carolina Charbonnier, de los pagos de San Roque.

La abuelita por esos tiempos triunfaba en un programa en CX159 Radio Real de San Carlos, con viejos valses, rancheras y chotis que los hacía tan largos que terminaban después del programa.

Pero que tocaba, tocaba a pesar de sus bastantes años. Llegamos al taller y nos instalamos en donde Don Basilio Oudri tenía su pequeña oficina al frente del edificio, ajenos por completo a la “chiquilinada que nos miraba de afuera”, a través del vidrio ventanero. Ya en la primera “estirada“ le saltaron dos teclas tal vez porque Mario uso la misma fuerza que usaba con las “llaves” del taller y desde ese momento se hizo imperiosa la necesidad de prevenir la situación con una barra de lacre y una caja de fósforos marca Victoria.

Al decir verdad fue muy poco lo que pudimos aprender a tocar, pero nos sirvió como un preciado “pasaporte” para poder estar en cuanta reunión o ruido se nos presentara, asados, cumpleaños, campamentos, carnavales y serenatas navideñas. Quiera se o no fue una parte pintoresca de nuestra juventud. Cuando el destino nos alejó de nuestro querido solar, de seguro nuestra vieja compañera de parrandas siguió acumulando recuerdos. Después de un tiempo al regresar para unas cortas vacaciones decidí visitar dos viejos amigos el “Ratón” y el “Aguatero” Rodríguez.

Al llamar y no tener respuesta alguna, abrí lentamente la puerta del “bulín” y sorpresonga y pico, allí estaba nuestra vieja acordeona, colgada al costado de un veterano ropero, estirada a fondo casi tocando el piso, toda rodeada de misterio. La primera intención fue ubicarla en situación normal, pero no me anime, algo me detuvo, tal vez fue la sensación de que no pudo resistir el peso de tantos recuerdos y agobiada por la soledad y sin fuerzas ya para seguir soplando, había decidido sumergirse en el silencio para siempre.

Nunca más supe de “ella” pero los recuerdos me dicen que a su “manera” contribuyo a la formación de una ciudad que canta y que trabaja.   

Walter González.