La única herencia que le quedó a mi viejo Juan fue una vieja jardinera de un color gris azulado medio fulero, la cual colocamos en un costado de la casa, donde se podía ver muy castigada por el tiempo »malo‘’, lleno de fuertes soles e inviernos lluviosos y por el tiempo en años, desde que la destinaron a rodar por esas calles de tierra y soledad.
Cuando la muchachada de la barra se enteró fue todo un acontecimiento porque se solucionaba gran parte del problema que siempre se nos presentaba, cuando en alguna semana larga decidíamos ir de “camperiada”, como solíamos llamar a nuestras salidas.
Generalmente acampábamos a orillas de algún arroyo de la zona. Lugares y gente dispuesta sobraban, la locomoción fue siempre lo más difícil de solucionar. Y ahí estaba la vieja jardinera.
Por supuesto que necesitaba parte del piso, eso no era problema, unas tablas de 15′ del viejo Juan y listo. Por pintura, ‘La coneja’ Combe siempre se pasaba un poco en los cálculos presupuéstales y disponía de un »stock» variado, tanto en colores como en cantidad, era cuestión de atropellarlo y nada más.
El herrero Héctor ‘verdugo’ Ávila fue apalabrado para restaurar las ruedas, eliminar ataduras de alambres, cambiar algunas masas y enllantar o algo parecido. El asunto patente se vería después. Con el pensamiento en arreglar, pintar y otros etc., nadie se había dado cuenta que el carnaval estaba a la vuelta de la esquina. Y fue ‘Laco’ Maciel que comentó “¿y si la adornan para desfilar en Carnaval?, sería una pagada”. Asunto aprobado y empezaron los preparativos y los cabildeos.
Por pintura no había tanto apuro, las llantas serán reforzadas con más alambre y el piso no era problema. Caballo era el asunto. Nadie tenía por lo menos para esa aventura y los pocos que andaban por las calles se los habían llevado para una »chancheria» de Cardona, incluidos los nuestros, los que en su época nos habían llevado a la escuela. Problema y pico, hasta que de pronto saltó la solución. Por intermedio de ‘La Coneja’, trataríamos de conseguir el caballo que utilizaba su padre Ricardo para repartir pan por los almacenes de campaña. No era fácil convencer primero a la ‘Coneja’ y este a la vez a su padre, no era moco de pavo.
Al final salió linda la cosa. Ricardo con »Mayúscula» nos prestaría el caballo para desfilar. Ahora se venía lo peor, adornar el carruaje. Se pensó en hacerle un techo tipo diligencia, con arpillera pintada a la cal y representar una escena del lejano oeste (por indios no había ningún problema) , pero salía caro, más que nada en tiempo, nadie agarraba viaje en ese viaje.
Después de muchas propuestas decidimos adornarlas con hojas de palmas, ¿pero de donde?. Al final como siempre apareció la solución. Hablamos con Esteban ‘El Nene’ Vidal para que nos diera lugar y hojas de palma, tenía un par de ellas al frente de su casa y hasta allá nos trasladamos. Atamos la lanza de la jardinera a la Dodge de Oudri manejada por Mario y nos fuimos, siempre por derecho, en las esquinas parábamos y alineábamos el carruaje al puro pulso y seguíamos. La quietud y el silencio de la noche fueron los testigos.
Mucha voluntad fue la fórmula y quedó todo listo para el primer desfile. Iluminación propia, vieja batería de 12, lamparillas de colores y un elenco fino en cuanto a lo musical. A fuerza de entusiasmo y palabrería conseguimos a Marcelo ‘Manquito’ Quiroga en la viola, Francisco Machado tocando la armónica y a último momento se negó a participar Leoncio Quiroga, a cargo de la acordeón verdulera, poco fundamento y respeto por el arte argumentó. De Tico-Tico ni hablar, estaba para los tablados. En cuanto a los disfraces, no importaba mucho. No había forma de pasar desapercibidos aunque igual le compramos 4 caretas medio con caras de perro, al ‘Griego’ don Miguel Enríquez.
Fue un exitazo aquella primera noche. ‘El Nene’ Vidal a las riendas del tordillo, la mascarada rodeando el carruaje, Mario Oudri alineando las llantas con un martillo y los musiqueros a las corcheas las hacían de goma, a las redondas las dejaban cuadradas, y con las ‘negras’ no tuvieron ningún problema, ni las vieron.
‘El Manquito’ Quiroga a cada rato pegaba el grito “¡paren el carro que voy a templar!”, hasta que la ‘Coneja’ lo paró en seco, “no seas guarango Manco, que nadie te escucha”. Lo que pasaba, de parar el carro, costaba un triunfo hacer caminar el cansado matungo nuevamente .Y así transcurrió la semana con un solo perdedor el caballo, que carnavaleaba de noche y recorría los caminos del reparto de pan durante el día.
Una sola novedad destacable, al promediar la semana ‘El Manquito’ Quiroga se quiso retirar de la algarabía porque al pasar frente al tablado, un gurí arrojó una bombita de agua, contra el decorado de palmeras y le mojó la guitarra. Lo detuvo ‘El Gordo’ Carlos Simonetta que también estaba en el ruido y dijo saber los reglamentos de la comisión de carnaval y que para tener derecho a premio había que terminar con el cuadro completo sin excepciones. Y así se llegó al último día o la última noche.
Con el dinero de los colaboradores y los mangueos de la semana, se organizó un asado con todos los mascaros habidos y por haber. Se volvió a redecorar el carro y al viejo tordillo se lo pintó con toda clase de avisos comerciales. El más espectacular era ‘VIAJE CONTENTO, VIAJE CON ESSO’, en letras grandes y con pintura negra. Un mundo de gente en aquel asado, estaban todos los que fueron, (que vivo). Los músicos y los cantores sin parar un momento, al igual que el vino. Simonetta cantaba estribillos de unas murgas de Colonia, ‘Poto’ Vidal en la línea melódica, ‘Chiquillo’ Combe quiso cantar aquello de “no sé porque me enamore de ti”,
pero ‘La Coneja’ no lo dejo y dos por tres Mario Oudri ensayaba unos pasos de malambo, que lo único que lograba era levantar polvadera.
Estaban todos los géneros musicales representados. Típica con ‘El tibo’ Alemán, Tito Artus, Juan González, El Manco y su repertorio, ‘El negro’ Miguel Ríos y lo mejor de la tarde Angelito Fernández y ‘Magaldi’ Romero cantando a dúo “Rosas de otoño”, todo un lujo aquello. No quedó zamba, milonga, ni tango por cantar, ni tarro que anduviera a la vuelta, que no se usará como instrumento de percusión. La acordeón verdulera descansaba sobre una cama, había que cuidarla para la noche.
De pronto ‘La Coneja’ se puso algo así como se dice, con los nervios de punta, porque apareció en la tenida Bernardo Porras. No había nada de malo con su presencia. Era un asado abierto a todo aquel que quisiera compartir el canto y la alegría, además carnaval. Pero la pica no venía por ese lado, ni siquiera por el lado de la política, sino porque el ‘muchachito’ estaba defendiendo la aurinegra, y eso para la ‘Coneja’ era pelea. Además alguien corrió la ‘bola’ que no tenía el pase y ahí sí que ardió ‘Troya’ con toda la familia. Pero la cosa se embarullo del todo cuando Bernardo, tal vez queriendo lucir todo su carisma, le dio un mate amargo al caballo, que posiblemente con el barullo, el cansancio y la pintarrajeada, lo agarro nervioso al punto de triturar la bombilla de una forma irrecuperable. ‘El Nene’ Vidal, dueño del mate alzó una frase de protesta, que le dio pie a ‘La Coneja’, junto con algunos manijazos de los presentes para llenar el ambiente de una situación por demás pintoresca, que al final el ‘Hugo Coneja’, era como un gobierno, que va, sino se llevaba el ‘matungo’, y ‘chau Piche’, adiós desfile.
Aquella lejana tarde carnavalera nos regaló a todos un ‘cuadro mágico’ de amistad y alegría que seguramente todos guardamos en la galería de los mejores recuerdos. El tiempo se nos disparó de tal forma que la fiesta se terminó casi con el comienzo del corzo. Y ahí aparecimos todos otra vez, envueltos en el ambiente de dios ‘Momo’, y desparramando licor por todos lados, donde había poros y oportunidad.
Lo más lamentable de todo fue que el carruaje, aguanto solo dos vueltas, una de las ruedas se rindió totalmente, ante el peso de la mascarada, pero fue lo suficiente como para no aspirar a ningún premio, según la reglamentación. De todos modos nadie había sacado permiso, pero al ‘Manquito Quiroga’ le cabía una explicación. Al final la madrugada nos sorprendió a todos con la manta en el hombro. Había pasado otro carnaval.
El lunes a la tarde, cuando la barra en pleno comentaba lo sucedido en la semana, vimos aparecer la figura de Ricardo Combe caminando lentamente, con la cabeza gacha, era todo desazón y tristeza, se le había muerto su amigo y compañero de reparto, “El Tordillo”.
Walter González