22- Otra cosa con guitarra

Mi afición por la guitarra comenzó desde muy temprano ya que mi viejo Juan tenía una y cada vez que el tiempo le daba tiempo se tocaba algunos tangos o lo que le venía a la memoria ya que poseía un muy variado repertorio y con un estilo muy particular.

Por aquella época vivíamos en la campaña y el Viejo que trabajaba en la construcción en el poblado venía cada 15 días y era una verdadera fiesta.

Traía un asadito, una “Juanita” de tres litros de tinto, preparaba el fueguito, traía la guitarra que estaba envuelta en una manta y comenzaba su fabuloso divague.

Recuerdo que yo era de lo más impertinente, mientras el Viejo tocaba le metía dedos por todos lados, lo bueno que nunca decía nada. También recuerdo que todos los jueves a las nueve de la noche, los mayores escuchaban un programa folclórico en vivo en  Radio Belgrano de Argentina, donde siempre había un invitado y el cual me atraía de la forma que tocaban y cantaban, claro eran de lo mejor por esa época.

Actuaban Atahualpa Yupanqui, La tropilla del Huachi Pampa, Antonio Tormo, El Zarco Alejo, Abel Fleury entre los que mi memoria rescata y con eso iba agarrando más entusiasmo por la viola. Cuando nos mudamos para el poblado yo me sabía un par de acordes pero no tenía guitarra.

El único que tenía una, Quinato Artus, la había hecho de madera compensada, exclusiva, porque era cuadrada, además su chiche personal, eso sí, no la prestaba a nadie, aunque el poco sonido que lograba no tenía comparación con nada. Siempre tocaba o pretendía hacerlo usándola como apoyo a su cantata, en los asados que hacíamos en algún lugar que podíamos conseguir, a los boliches rara vez solía ir.

Por esa época había 2 lugares más populares donde se podía guitarrear, el bodegón del ñato Bone y del lado opuesto del pueblo el de Ramón Meléndrez, atendido por su esposa Magdalena, y en noches de mucho movimiento daba una mano Mincho Maidana sobrino de Ramón. Cabe destacar que Mincho en su juventud, fue un excelente jugador de fútbol llegando a jugar junto a excelentes  jugadores de la época y por supuesto en los seleccionados del Dpto. de Colonia.

Cuando el Viejo nos prestaba la guitarra preferíamos ir al bar de Ramón y Magdalena. Cantábamos desde que salía la luna hasta que salía el sol. Siempre preferíamos las noches que había timba, porque a río revuelto ligábamos, el trago y la picada en forma generosa. Ya estábamos agarrando fama o viento en la camiseta, cuando una noche apareció la cana con la nueva orden. No se puede tocar la guitarra o hacer ruido después de las 12 de la noche.

Dejamos pasar 15 días y volvimos pero le costó una noche en cana a mi Viejo Juan que era el dueño de la guitarra y se puso a discutir con la milicia. Después de pasar unos días fuimos a hablar con Mincho para ver cómo era la cosa, ¿porque las timbas duraban hasta casi el día y nosotros podíamos cantar solo hasta las 12 de la noche?

El asunto estaba bien claro. Los que jugaban no hacían barullo y salvo el Citroën negro de los turcos Salomón cuando venían de Colonia a ‘tallar’ o el coche de Mariano Bassagaisteguy si andaba de “recalada” con el Gringo Fripp o algún otro compinche, lo demás era todo silencio, ya que los apostadores venían a patacón por cuadra o en bicicleta.

Con todas esas perspectivas lo mejor era aquietar el juego y enfriar el partido de todas formas no teníamos con que hacer ruido. Pero parece ser que en la vida todo tiene su yeito. A los pocos días sale un aviso en la Voz de Ombúes, el semanario del pueblo, donde la Sra. Juanita Berger, esposa de Elbio Charbonnier, profesora de música, iba a traer guitarras del Palacio de la Música para vender.

Con Mario Oudri comenzamos a contar los ahorros y esperar la fecha. Llegado el día nos fuimos por el asunto de la guitarra. Había 2 instrumentos y 2 interesados, Mario y yo por un lado y Justo Buttin el otro probable comprador. A Buttin nunca lo vi tocar pero el que le había dado mucha notoriedad por esa época, el gordo Carlos Simonetta.

Buttin era el chofer del camión de la junta local y cuando tenían que trabajar alejados del pueblo en algún arreglo de calles o en el cementerio que queda bastante retirado, se llevaba la viola. Le pasaba el volante a Amalio Trasante, y como siempre viajaban 3 en la cabina, se hacía complicada y apretada la situación, entonces sacaba el mango de la guitarra para afuera y se mandaba algunos tonos como para alegrar la mañana durante el viaje.

Nunca se supo si fue por accidente o como sucedió la cosa, lo cierto es que maniobrando el camión de la Junta local antes de partir con rumbo al trabajo se enganchó el mango de la guitarra en la rama de un plátano y adiós instrumento, según lo contaba Carlos Simonetta, Botín lloraba mientras decía “Amalio mira como me hiciste la guitarra”

Por ese motivo se compró una nueva. Con Mario Oudri compramos la otra viola y la primera aventura musical fue en la casa de Juan Velásquez, casado con Maria Leguisamo, persona grande que siempre vestía de blanco y no falto el ubicado o desubicado que la bautizó con el apodo de la Onda.

Juancito que siempre chamullada con Mario lo fue a felicitar por la compra del instrumento y este ni lerdo ni perezoso le comento que no teníamos lugar donde poder ventilar nuestras habilidades musicales y ‘Juan de mama’, como lo llamaban los de confianza, le ofreció la casa.

A partir de ahí, domingo por medio se sucedieron cantidad de encuentros donde al final la casa fue quedando chica. Todo esto duró hasta que comenzó la temporada del fútbol. Doña Maria preparaba las pastas y los invitados nos encargábamos de la cuestión bebida, pollo para el tuco etc. etc.

Barrio de cantores y guitarreros era empezar con un par de zambas y enseguida aparecían los vecinos, la Flia Vidal, todos cantores y el abuelo don Martín veterano patriarca, El Negro Miguel Ríos, Totin Artus y muchos más. Total que la tarde siempre le pedía un adelantito de tiempo a la noche.

Mario Oudri después de algunos tintines empezaba cantando el Alazán, después empezaba a recitar versos de Evaristo Barrios o levantaba polvareda zapateando al mejor estilo del Chúcaro. Y como olvidar a Francisco Machado con su armónica ‘marca Sonadora’ y todos los musiqueros tocando una ranchera a puro corazón. Cuando Mario sacó a bailar a Doña Maria, la cual no le alcanzaba toda la experiencia para contrarrestar los embates toreros del Mariolo. El Chueco hijo de Juan no tenía ningún problema, pero a Chichanga no le cabía mucho la algarabía y no participaba para nada.

Una tarde llegó Petete Urrutia con su Sra. Potota, hija de don Martín Vidal y su hijo Ledo de 6 años al cual le alcanzaron una silla, una guitarra  y muchos de nosotros vimos nacer sin duda al mejor cantor y guitarrista de nuestro pueblo y muchos más.

Total que estaba todo bien, teníamos guitarra, pero afrontábamos un pequeño inconveniente había que compartirla, o sea que cuando la tenia Mario, yo no podía practicar y viceversa. Entonces decidimos comprar otra. Hicimos una campaña boca a boca con la muchachada de la barra, por ahí se podía saber de alguien que tuviera alguna en venta.

Una aventura por demás difícil porque los veteranos que eran dueños de una, la cuidaban como una verdadera reliquia y de venderla ni hablar. Pero si alguien pensó que no estábamos de suerte se equivocó bien feo. Una tardecita apareció el chueco Long (hijo) y nos comentó que había oído que Justo Buttin vendía la guitarra, vaya suerte la nuestra.

Juntamos nuevamente los ahorros y salimos por el instrumento. Después de los saludos de rigor fuimos al grano, “¿hermano que hay de cierto de que andas con ganas de vender la guitarra?”, preguntó Mario. “Claro que la vende, si preciso plata para comprar cortinas nuevas”, respondió la señora.

Se sucedió como un silencio y notamos que Buttin se mostraba algo indeciso y nervioso. Mario tomó la posta nuevamente, “si no la quieres vender no tenemos ningún problema, solo tienes que decidirte”, a lo que ‘Justo’ respondió, “¿y si Flora quiere?” “¡Claro que Flora quiere!” retruco la Doña.  Y ahí nomás cerramos el negocio.

Ahora por un lado estábamos mejor, teníamos 2 guitarras, pero no había muchos lugares para hacer barullo porque casi siempre empezábamos tarde de la noche o a veces después del cine, o sea que no había margen ninguno de tiempo. Después de barajar el problema con Mario Oudri, nos fuimos a discutir el asunto con Mincho Maidana, gran aliado de nuestras noches guitarreras.

Gran preparado el Chato, “quédense tranquilos que voy a tratar el asunto con el comisario Ruiz, con quien tengo cierta amistad.” A los pocos días teníamos la respuesta. Haríamos las guitarreadas en la comisaría con cena incluida y todo. La idea de hablar con Mincho fue porque de tanto en tanto cuando hacían una cena especial, los uniformados tenían la gentileza de invitarlo y se cantaba algunos tangos a capela, y por supuesto con guitarra sería mucho más animada la cosa.

Ruiz de común acuerdo con el segundo comisario de apellido Acuña, mandarían a Piro de Los Santos, chofer del jeep policial, al paraje la Laguna donde el mencionado morocho había trabajado la mayor parte de su vida y se había retirado con muy buen puntaje. Y cuando se vino para el pueblo y con un toque politiquero, había conseguido el puesto de chofer del Jeep policial con uniforme y todo. También contó con la suerte de que era el único que sabía manejar.

Mincho se había reunido con la plana policial y nos comentó que el Piro iría el viernes para hacer una recorrida por la campaña y de salir todo bien el sábado habría cantata con seguridad policial y todo. Ruiz le contó que le había dicho a Piro, “Negrito, lo que consigas esta bien, si son pollos, pollos, si es cordero, cordero y si es factura de cerdo y carne, olla podrida, eso sí Maidana, por supuesto que vos serás el cocinero, como que le ordeno”.

Mincho, que jugaba en el club Nacional de fútbol apalabro al Nene Róstagnol que era de los dirigentes por esa época, para el asunto bebida y llevar la guitarra, cosa de no levantar mucho la perdiz, lo cual no hubo ningún problema por parte del directivo tricolor.

Posiblemente muchos se sorprenderán por los sucedidos pero no había nada de misterio en todo esto. En la seccional tenían todas las comodidades, además siempre tenía que haber policías a la orden y se quedaban, confraternizaban y churrasqueaban, cosa muy común como en cualquier otro trabajo.

Yo tenía algo de recelo con  la gente de azul, tal vez se debía  a las corridas que nos pegaba El Flaco Tisse, cosario uniformado, ya fuera de la cancha de pelota de mano o en alguna partida de carambola en los billares del pueblo. Lo cierto es que era un sabueso implacable para perseguir a los menores de esa época.

En una de las tantas, en horario de siesta, protagonizó una estampida de novela en el bar de Pancho Molinari, donde todos disparamos por el fondo a excepción de la ‘polilla’ Cairus, que se metió en el baño y se chupó más de una hora encerrado. Esto dio lugar a comentarios, bromas y un poco de bronca en la muchachada de la barra, pero más que nada porque el flaco ya tenía su lugar entre los “no” preferidos.

Cada cual tenía su comentario y le daba a la tarde un aspecto pintoresco, disfrutando de las aventuras provocadas por el sujeto arriba mencionado. Isidoro Martínez como una forma de sumarse contra el uniformado comento…  “si un día me ven vestido de policía pegame un buen tirón de oreja”.

Después de vivir 10 años en la ciudad de Colonia y 15 en Australia decidimos volver para disfrutar del paisito y el retorno coincidió con los festejos de los 100 años de nuestro pueblo de origen. Un sábado que había un espectáculo fuimos desde Colonia y estábamos recorriendo unos puestos de venta que había en la vereda, tipo pequeña feria cuando siento que alguien me da un empujón.

Cuando me doy vuelta quede sorprendido. Isidoro Martínez, con muchos kilos demás, con su Sra. del brazo y con vestimenta policial, la verdad que parecía todo un comisario.

Después de un caluroso saludo y la presentación de nuestras Sras., me puso la mano en el hombro, y me dijo… “tenes todo el derecho de tirarme la oreja nomas.”  “¿Que queres?”, agregó , “para mí no había ningún trabajo en este pueblo”. Me sonreí y le respondí, “hermano suerte del pueblo que tiene una persona de bien que lo protege”.

Después que nos fuimos le expliqué de la charla a mi Sra y me guarde la anécdota como una de las mejores, porque ser sincero y honesto está en la grandeza de las personas e Isidro “la nena” Martínez sigue teniendo en mi corazón el lugar que siempre tuvo, cuando éramos muchachos. Por aquella época Isidoro viajaba en el mismo vagón que muchos de nosotros y reunirse en la esquina del taller era como el escape necesario para aliviar en algo lo que la vida nos había deparado, o quitado. Yo y pienso que nadie se hizo la pregunta o sabia ni tampoco importaba que había sido de su vieja.Vivía en una pieza que su padre le alquilaba a Doña Manuela Torres. Su padre, el viejo Martínez como solíamos llamarlo, a veces por no recordar su nombre, era muy mayor y según algunos veteranos su recio temperamento tal vez se debía a reminiscencias que guardaba, de haber participado en los entreveros del 904, vaya uno a saberlo.

Aquel sábado a la nochecita sí que fue diferente. El Nene Rostagnol nos pasó a buscar a Mario y a Mí, y cuando llegamos a la comisaría Mincho ya tenía casi todo pronto para cocinar, ¡que lujo, olla podrida!. Estaban todos los policías. Los del relevo y los que tenían el día franco. Los más veteranos Falucho Pérez y Rodríguez que le decían ‘Poncho miado’, porque en noches de vigilia en la esquina de un banco del poblado nadie lo vio moverse un metro del lugar, siempre forrado con una gruesa capa gris. Picaban un chorizo seco al cual lo mojaban de tanto en tanto con un tinto de la bodega Irurtia que había traído Mincho.

El negro Malnero, el negro Méndez y el Negro Piro de los Santos (la pucha’ que negrada) dejaron la conga que estaban jugando y formaron rueda. El más embromado resultó ser el Mono Dávila que los superiores lo mandaron al frente ‘a la oficina’ por aquello de algún posible reclamo.

Al principio la cosa comenzó con un tono más bien de estudio por parte nuestra, pero no bien entró a caminar el tinto se puso linda la cosa. Acuña el segundo comisario llegó con algo de atraso, tal vez ordenando los relevos de la noche, dio la orden como medio en broma pero fuerte…. “Piro, si quieres recitar algo, dale ahora porque después con unos vinos no se te entiende nada”, medio tartamudo el morocho.

La reunión transcurría con total normalidad. Mario Oudri haciendo gala de su chispa dicharachera, en cada conversación les tiraba con algunas pálidas a las autoridades como para probarles la astucia imaginativa, pero con el ambiente festivo, mezcla de vino tinto y cantarola ni se enteraban.

«Y que viva la Ramona

Y que viva la Maria

Y esta fuerza policial

Es toda una garantía.»

Y con estos versos cosechaba aplausos como loco y le llenaban el vaso de tintín. El mono Dávila desde la oficina, pego el grito, “¡me muero de sed carajo!”, allá fue el Nene Rostagnol a llevarle un vaso de vino cortado con naranja fagar. Cuando Mincho dio la orden ‘a ubicarse’ que esta la cena pronta, fue el desparramo, todos los negros al ‘mesón’, un tremendo desperdicio de madera que había en el medio de la cuadra. Una vez más Mincho demostró sus grandes dotes de gran cocinero y a medida que iba pasando el tiempo se entraron a suceder los brindis. Un brindis por el cocinero, al ratito, un brindis por la fuerza policial,…un brindis por los músicos,… ya el vino y el ambiente festivo, nos habían subido de categoría.

Casi al ratito de terminar la cena se retiraron, Falucho Pérez y Rodríguez pero tuvieron que soportar las cargadas de los colegas, porque el motivo del retiro tempranero era debido a la avanzada edad y al control severo de las doñas. El que se fue a dormir fue el negro Méndez que tenia que hacerle el relevo a Mingo Zamora temprano en la madrugada y se tiro ahí nomás en una de las 3 camas que había en la cuadra, se tapo hasta la cabeza, pero “minga” que iba a poder dormir.

El comienzo del ‘show’ estuvo a cargo de Mario que como siempre arrancó con un recitado de Evaristo Barrios y prosiguió con el ‘alazan’ de Atahualpa, intervención que hipnotizó a la audiencia al mejor estilo Copperfield.  Tras cartón Ruiz como que ordenó “a ver cocinero la última curda, otra cosa es con guitarra muchacho”. Y Mincho ni bien terminó con el tango La última curda, me miró y dijo canta la que me gusta a mí.

Y ahí nomás arranque con pato Sirirí de don Aníbal Zampayo. A medida que la noche  avanzaba el ambiente iba tomando más color y la concurrencia más vino. Sobraban cantores y faltaba tiempo. Después de un buen rato, paramos el ruido y hubo una sección de charla muy amena y entretenida donde de vez en cuando se ventilaba algún trapito al sol.

Hubo una segunda reunión, pero fue más de lo mismo, eso sí mucho menos concurrencia debido a que había muchas actividades en el poblado. Al principio fue de charla entretenida, cuentos de luces malas y fantasmas trasnochados, y entre las tantas anécdotas salió a luz la del ‘Ronco’ Maidana padre de Mincho. Resultó ser que según lo cuenta la historia pueblerina, en la forchela del Ronco, al volante habían ido a un baile en Palo Solo. Encho Barraza de copiloto, Carlos Kahr y Dardo Salaburu sentados en un banco en la parte de atrás, en la caja. Al parecer todo transcurrió de lo más normal, cada uno rindió de acuerdo a sus cualidades, pero bastante, ya que venían de la población de Ombúes y con una destacada labia milonguera y además en forchela. Baile de trago desmedido que derivó en una cifra elevada de alcoholemia pero que no acarreó mayores problemas. El viaje de regreso fue de lo más normal hasta llegar a  3 Km del poblado, cuando empezaron a percatarse de una cerrada humareda que salía del radiador y no les permitía divisar el camino. En pocos minutos se tiraron todos de la Ford T, por temor al incendio. El que no se movió para nada El Ronco, el humo se hacía cada vez más intenso y todos tratando de ayudar al chofer le gritaban “¡tírate de una vez que te vas a  prender fuego!”, a lo que el Ronco contesto “¡Déjenme…quiero morir carbonizado como Gardel!”.

Cuando comenzó la guitarreada nuevamente Mario quería enseñarle a zapatear al comisario Ruiz. “Mira hermano soy muy duro para eso, mejor me bailo un tango” dijo y se la prendió a una escoba vieja, y eso fue lo más destacado de la noche.

Al poco tiempo Mario se fue a vivir a Colonia y después lo seguí yo y todas las aventuras juveniles quedaron atrás. Yo pase a integrar el grupo los Costeros y debido a ciertas ‘oportunidades’ que teníamos, cada vez que artistas Argentinos, ya fueran conjuntos o solistas pasaban rumbo a Montevideo, hacían una actuación en el cine de Colonia y otra ya fuera en el club Cyssa de Juan Lacaze o en el cine de Rosario y hasta ahí seguían los Costeros.

Esa fue unas de las razones por la cual pasamos a ser bastantes conocidos en la zona y debido a esa racha de “fama” fuimos invitados a una fiesta ‘peña’ en una escuela en la ciudad de Rosario para despedir el año. Noche de mucho calor, el escenario un quincho con forma de rancho con un aljibe al frente todo montado en una cancha de básquetbol donde se lucían números escolares, junto a conjuntos de baile y cantores de la zona.

A Los Costeros nos pidieron una entrada corta a modo de presentación en la primera parte y en la segunda parte cerrar el espectáculo. Terminada la primera parte nos sentamos a tomar cerveza en una mesa destinada a los que actuaban y de repente siento que alguien me da un par de palmadas en la espalda y cuando me doy vuelta vaya sorpresa que me lleve …tenía frente a mí al comisario Ruiz. Estuvimos charlando, me presentó la Sra. y los amigos que compartían la mesa y les comentó, “este muchacho es de Ombúes de Lavalle, un lugar que siempre llevo en el corazón por ser cuna de una gente maravillosa, si no me hubiera jubilado todavía andaría por aquellos pagos”.

Yo me quede pensando en las coincidencias de la vida, esas pequeñas cosas que le suceden a la gente, tal vez no solo a mí. Cuando nos llamaron para la segunda parte, mientras subíamos al escenario iba pensando ‘Otra cosa es con guitarra.’

Walter González