23 – Tutti frutti

Atilio Plácido Wilson, más conocido como ‘Tuturro’, personaje por demás popular debido a las innumerables anécdotas que tiene adjudicadas en su haber. Fue en vida y de seguro lo sigue siendo todavía, en el recuerdo, el clásico personaje que siempre estará presente en cada esquina,  cada calle, cada barrio, en cada rinconcito del pueblo, y en la memoria de quienes le conocieron.                                                                                             

Popular personaje tal vez aborrecido por muchos, pero a su vez querido por todos, porque sin su participación pintoresca, el murmullo de la calle perdería todo su mejor sentido, la alegría y la buena onda morirían lentamente, y un pueblo triste no le cae bien a nadie. En realidad un personaje por demás necesario y original.

Un verdadero cachafaz de primera, de segunda y queda más espacio de lugar, si algún mortal lo quiere condecorar un poco más. Yo desde muy gurí ya empecé a tener algunas pistas de sus andanzas, porque resulta que Salome Wilson y Ethelvina Castillo, sus padres, antes de pasar a vivir en Ombúes de Lavalle estuvieron radicados en San Salvador o Pueblo Castillo, Dpto de Soriano y lo cierto es que tenían una gran amistad con mis abuelos, mi vieja, el viejo Juan y por ende con mis tíos, que vivían en el mismo pueblito.

Tenían el almacén o boliche que abastecía a la comunidad y sus alrededores y la cancha de pelota cuna de verdaderos campeones por una época de gloria. Dicha cancha según me lo contó un veterano de la población, fue construida por mi viejo Juan en unos de sus primeros trabajos de cuchara y argamasa, y fue el primero que estuvo al frente del boliche pero lo tuvo que dejar porque según se comentaba estaba del lado equivocado, eso sí tuvo tanto éxito en la construcción del frontón que más de una vez fue consultado para la construcción de otros frontones por los pagos de Soriano.

Cambiando de comentario todavía recuerdo el recibimiento que le hicieron a Alberto Neves, ídolo del pueblo cuando ganó el primer premio de domas en el Prado de Montevideo. Le pagaron $1000, un platal en esos tiempos y con ese dinero se construyó un rancho nuevo. También los hnos Urchipia tuvieron una destacada actuación en esas criollas. Recuerdo que Guillermo el ‘7 cabezas’ Álvarez andaba a la vuelta, un poco más mayor que el resto de la gurizada comandaba la algarabía.

Después de 10 años caminando por la avenida San Martín en la capital a quien me encuentro al ‘7 cabezas’, me contó que trabajaba en la construcción y se quedaba en la misma obra como Sereno. El mejor día o noche era el jueves cuando las empleadas tenían libre comentó. Me contó cantidad de cosas y por él conocí el Barrio Puerto Rico, un lugar súper pintoresco para conocer. Muchas vivencias las tengo registradas en otros cuentos.

Cuando la Flia Wilson pasó a vivir en Ombúes de Lavalle el negocio fue vendido a la Flia Lespada. Mi madre que conocía muy bien las andanzas de Atilio Placido ‘Tuturrio’, siempre comentaba “el Tuturrio es un peligro en potencia que anda suelto sembrando incertidumbre y mucha inseguridad entre la gente bien intencionada y la otra”

A Don Salomé lo llegue a conocer casi muy poco, pero a Doña Ethelvina, la vida quiso que pudiera disfrutar de su linda amistad. Se me ocurre que el mayor de los Wilson fue Joaquín Salomé ‘El Bocacha’, que falleció en un accidente. Resulta que venía con una tropa por una calle de los pagos de Palo Solo y un novillo enfiló rumbo al camión que venía conduciendo  Josengo Esquivel, y Joaquín al tratar de proteger el animal fue embestido violentamente. Los comentarios duraron por largo tiempo pero lo cierto fue que sacrificaron el caballo en el momento, debido a las lesiones recibidas y a las pocas horas falleció ‘Bocacha’, quedando la familia en una posición muy difícil. Después estaban el ya nombrado Atilio Plácido ‘Tuturro’, Amado ‘el palomo’, Juan Carlos ‘El Jon’ y Mirto ‘el Loro’.

En mis tiempos escolares compartí momentos con Juan, Fructuoso, Maria Magdalena que creo eran hijos del finado Joaquin. Después estaban Rosa, Griselda, ‘El Ñaco’ ‘La hormiga y Horacio ‘el Turco’ que tal vez eran hermanos o primos.

También estaba ‘Sandalio’ apodado el ‘Vasco Wilson’, valor muy famoso y conocido por sus anécdotas y una forma muy especial de transitar por la vida, que se me ocurre era hermano de Don Salomé pero a decir verdad no estoy del todo seguro. Lo que sí tengo son algunas historias que me han contado que son de una calidad de 10 puntos para arriba. También estaba el ‘Negro’  posiblemente, otro de los hermanos del clan Wilson.

Antes de empezar a comentar las pequeñas anécdotas que tengo con el siempre popular ‘Tuturro’, quiero comentarles de mi amistad o tal vez de mi admiración por doña Ethelvina, su madre. Una señora siempre dispuesta en ayudar a toda aquella persona que la necesitaba ya fuera en lo que fuera y por esa época esas personas comúnmente se les llamaba ‘curanderas’ y hoy por hoy en lugares más conservadores y recatados se les llama ‘mentalistas’. Y con su imposición de manos y otros asuntos, siempre que estuviera a su alcance, se las ingeniaba para curar mal de ojos, empachos, asuntos de lombrices en la gurisada, paletilla caída, recalcaduras y otros etc. Mi problema siempre fueron los esguinces de tobillo ya que en mis tiempos de futbolero siempre fui muy descuidado en el asunto de andar usando vendas, a lo sumo un par de revistas ‘selecciones del Reader’ como canilleras. De todas las curas les quiero comentar, la que para mi fue la más espectacular.

Aquel caluroso verano estábamos pintando en la playa de Conchillas bajo la dirección de Hugo ‘la Coneja’ Combe las casas de un complejo que estaba construyendo Jorge López Lobo, el cual lo había bautizado ‘Brisas del Oeste’. Después del medio día de un sábado retornamos a Ombúes porque se jugaba un cuadrangular nocturno en la cancha del club Peñarol. La ‘Coneja’ Combe al volante de la Ford ‘T’ con su hermano Chiquillo de co piloto y sentados en la caja íbamos Dante Castro y yo. La ‘coneja’ siempre ligado al club Nacional como directivo y nosotros defendiendo al bolso por esa época. Una vez en la cancha, en el sorteo salieron Peñarol y Nacional de Ombúes a primera hora y La Milonga de Juan González y River del Cuadro el segundo encuentro. Los primeros minutos del partido Peñarol nos tenía arrinconados y a la salida de un córner justo que Pocho Troya se aprestaba a convertir lo trabé tan mal, con el pie de costado que me torció el tobillo. Como en esa época no existía el agua mágica todavía, me pusieron una tintura de no se que, pero el asunto fue que en ese momento se cortó la luz, que por aquella época la corriente era producida por un generador situado a los fondos del terreno y ahí nomás se terminó el cuadrangular. De no creer en cinco  minutos se me complicó todo, pero igual enseguida retornamos al balneario Conchillas. El domingo amaneció a pedir de boca, Mucho calor, mucha gente, mucho de todo y yo por mi parte con ‘mucho’ dolor en el tobillo que  trataba de soportarlo sentado debajo de un árbol, sin poder moverme. Total que al final me consiguieron lugar en una bañadera que había venido de Ombúes y pude retornar al poblado. Al estar lejos de la playa el calor se tornó insoportable, una vez en casa salí para afuera, puse el pie en una palangana con salmuera y me senté a tratar de soportar el dolor de mi tobillo, sentadito afuera no terminaba nunca de tirarle maldiciones a mi suerte, cuando de pronto empecé a sentir los cascos de un caballo que se venía acercando.

Que lo recuerde a Nelson Castro nunca lo vi pasar por la calle de casa, pero esa nochecita fue mi salvación venía no se sabe de donde, pero venía. Me costó un triunfo enancarme en el viejo matungo, pero pude llegar a la casa de la sanadora de mis chuecas, la providencia había pedido pase para mi cuadro. Horas de charla, unto sin sal, granos de trigo en un plato, oraciones quien sabe de donde y las manos mágicas de doña Ethelvina lograron el milagro para que volviera con dificultad pero caminando a casa. Por supuesto que en las charlas hubo un repaso abundante de historias y sucedidos en los cuales Atilio ‘Tuturro’ casi siempre era el principal protagonista.

Para los que no llegaron a conocer al popular Tutu, o lo conocieron muy poco o tal vez solo por las anécdotas y comentarios de la gente del pueblo, tratare de describir a mi manera algunas características que le conocí. Siempre andaba apurado, como murmurado o maldiciendo a ‘full’ las cosas de la vida o con problemas en sus vehículos de trabajo y como tal vez se creía o pensaba que podía ser cuestionado por algo se cubría embarullando el partido antes de empezar a jugar.

Esa actitud hacía que el diálogo comenzará de la otra persona, con la clásica pregunta ¿Wilson que te anda pasando? o cosas por el estilo. De lo que recuerdo tenía un chinchorrin que tanto lo tiraba con la bici o lo usaba manual empujándolo. Una tarde lo encontré a la entrada del pueblo, venía de lo Pio Purtcher según dijo, con 2 bolsas de maíz sobre una rastra hecha con una horqueta  posiblemente de eucalipto, con un pedazo de tejido como fondo, tirada por un viejo matungo.

“Para las gallinas” comentó cuando nos cruzamos.

Mi viejo Juan solía contarnos que en su época juvenil organizaban bailes en pueblo Castillo, con Juanero Andujar y donde Tuturro oficiaba de ayudante, tipo comodín para lo que fuera, pero nunca formaba con los ‘patacones’. Se iban rotando los ranchos, pero el gran problema siempre era la bebida, conseguir hielo era una aventura casi de otros tiempos, por eso se organizaban casi siempre en invierno, si el tiempo ayudaba, caña y refrigerio era el orden y con luz a farol de kerosén. Ya de chiquilín alcance a ver el adelanto del primer farol a mantilla todo un suceso, con el Tero Castillo en la verdulera y el viejo Juan con la guitarra animando el bailongo. Se dice que la confianza mata lo que venga y por ese lado Tuturro sacaba sus ventajas sobre mi viejo, aunque a mi padre no le preocupaba mucho el asunto ya que se habían criado juntos en la misma época y lugar y tal vez tenían acumulada más de una aventura juntos…. “ni yo voy a dar quiebra por un par de chucherías, ni el se va a enriquecer con sus avivadas”, solía decir. Una vez le pidió una pala de hacer hoyos porque tenía que plantar un par de limoneros según argumento. “La puedes llevar con la condición de traerla enseguida, porque tenemos que empezar a construir una obra pronto”. Pasaron los días y como siempre ni rastros de la pala. Me dijo el viejo Juan que vaya a lo de Tuturro y consiga la pala. Yo no sabía ni nunca supe donde vivía, siempre pensaba que en algún lugar detrás de los quilombos, pero nada más. Claro en Ombúes no me podía perder y la suerte quiso que me encontrara con el Buey Dávila, “perdón muchacho, por no saber tu nombre,  ni el resto de la cosa, ando buscando a Tuturro…”.  Me explico donde vivía pero no está en la casa me dijo, “salió esta mañana con rumbo a la Laguna, al irse me dijo que tenía que ver a Pocho Glatti. Pero te digo que en la casa no tiene nada como intuyendo que necesitaba recuperar algo”.

Te explico su forma de actuar. Todos los que lo conocemos tenemos el mismo verso. “Mira Tuturro, vos que andas siempre en los remates etc. y conoces a mucha gente, ando necesitando ‘X’ herramienta, si alguien la vende y está en cuenta no te olvides de mí”. Te lo puedo asegurar que consigue todo, los versos que tenga que hacer después van por su cuenta. Con eso no necesitaba más datos para pegar la vuelta, pero eso sí volví sin la pala y sin saber dónde vivía.

Por una época que recuerdo, pero sin fecha, dona Ethelvina y una cantidad de personas ya grandes en edad, la mayor cantidad del sexo débil pero con una fuerza interior digna de destacarlas como fuertes y donde recuerdo también a las hermanas Rocha, habían construido en el barrio Peñarol un ranchito al cual domingo a domingo cuando se reunían, lo iban mejorando en la medida de las posibilidades. Le fabricaron un zarzo con una enredadera, después un parral, muchas plantas y una Santa Rita lo lleno de flores. Todo muy necesario porque la concurrencia dominguera se iba agrandando y el ranchito iba quedando chico. Al principio solo eso, el templo y como la madre de Tuturro era la principal mentora pasó a ser el Templo de Doña Ethelvina. Lo que se profesaba nunca lo supe, pienso que tenía algo que ver con el curanderismo y afines. Lo cierto era que una vez al mes venía una señora creo, de Cardona tal vez para enriquecer la sabiduría de las concurrentes. Todo marchaba viento en popa pero un domingo negro que siempre los hay, apareció totalmente quemado el famoso templo.

Se barajaron cantidad de posibilidades pero debido a comentarios negativos que Tuturro tenía adjudicados en su haber sobre la existencia del rancho pasó a ser el más destacado sospechoso. A los pocos días lo encontré y le dije, “no tenes más arreglo Tuturro, le quemaste el rancho a las pobres viejas” y la contestación que me hizo no sonó para nada negativa… “Ya era hora de que no pasen más frió y se dejen de andar boludeando con eso de las velas y las oraciones”.

Tengo algunas historias más pero comparándolas con todas las que tiene de mayor resonancia, estas son charamuscas. Tengo que admitir que no recuerdo haber conocido su señora ni nunca supe cuántos hijos tenía, solo un pibe que solía andar con él y que tendría unos 8 años por esa época y al cual yo lo llamaba ‘tuturrito’. Eso sí para finalizar quiero contar la que me toco perder.

Resulta que la pelota de fútbol que teníamos con mi hermano Luis estaba tan gastada que se veía más de adentro para afuera que de afuera para adentro. El viejo Juan nos había dicho que cuando fuera a Montevideo, para elegir piedra ‘laja’ para colocar en el frente de alguna casa que tuviera que construir, nos compraría una. Había que ligar un disparate, no todos los días se hacían casas y no todos le ponían piedra en el frente y no siempre había plata. Se me ocurre que lo de comprarla en Montevideo era para estirar un poco más el asunto porque pelotas de fútbol vaya si las vendían por todos lados. Pero, enfermo ‘nuestra madre’ y el viejo Juan tuvo que empezar a ir a la capital cada poco tiempo para acompañarla, y la situación se había tornado tan difícil que lo de la pelota paso completamente al olvido. Una tardecita que había salido a dar una vuelta lo encuentro a nuestro viejo Juan charlando con Tuturro. Cuando se separaron le pregunté a mi padre “¿en que anda este ciruja?”, mi viejo contesto ¿sabe lo que quiere que le traiga de Montevideo, una pipa, y si tiene una cabeza de león tallada mucho mejor”.  “Que pistola” respondí.

Lo cierto fue que se la consiguió en la ciudad vieja. 15 pesos de los de antes le salió el chistecito y de la ‘chamba’ ni noticias. El viejo me paso la pelota de taco para cobrarle la pipa pero siempre que lo quería hacer, aunque fuera para recuperar algo, Tuturro afloraba con su clásica desfachatez, echaba humo con la pipa por todos los agujeros y se marchaba conversando solo.

Tengo que reconocer que en la cobranza me gano por cansancio y cuando me acuerdo me causa risa, un pirata del camino, sin el ojo tapado, sin el gancho en la mano sin la pata de palo y sin su galeón averiado, pero para que necesitabas mas si el ‘Tesoro’ lo llevaba puesto, era su forma de ser, su bohemia su manera de encarar la vida, con sus aventuras de chiquilín grande y cada ves que recuerdo a mi pueblo me vienen a la mente sus fechorías, y cuando yo le decía al viejo Juan, “no se deje engañar”, y siempre me contestaba lo mismo, “ni yo voy a dar quiebra por un par de chucherías ni el se va enriquecer con sus avivadas”. Tal vez en estos momentos estén, en algún remanso del lugar que les toco compartir, recordando la infancia y los tiempos vividos o limando pasadas diferencias, pero en el rompecabezas de la vida es seguro, que no se perdió ninguna pieza, que descansan tranquilos en el regazo de lo desconocido. Gracias Atilio Placido ‘Tuturro’ Wilson por pertenecer a la era de mis tiempos y pintarle al paisaje de nuestro querido pueblo el más lindo de todos los grafitis.

Walter González