Tropezar dos veces con la misma piedra a lo mejor sea patrimonio de los tropezadores, parece claro, o tal vez solo es propiedad de Julio Iglesias aunque no se ve tan así. Pero lo que voy a contar ahora es el principio del asunto, porque tiene dos partecitas. La primera bastante liviana y la otra aunque en el mismo lugar tiene características muy diferentes. En el paraje “La Laguna”, el cuadro de la zona “La Comparsita” organizo un cuadrangular, y para la entrega de premios se llevo a cabo un bailongo que venía al pelo para poner a punto la parte ósea.
Honoré Ibarra y sus musiqueros fueron los encargados de amenizar dicha bailanta, previo a la entrega de premios a los ganadores y después se siguió bailando. Pero volviendo a las incidencia del futbol donde había un solo juez El Anciano Granotich, y la única persona que se ofreció para hacer de línea fue Mario Oudri, pero con una condición, hacerlo donde estaban las hinchadas. Porque hacerlo del otro lado se corría un riesgo tremendo de pisar algún sapo o que alguna culebra le pellizcara algún tobillo, terrible monte de eucaliptos y un tremendo pastizal casi pegado a la línea de cal.
El fuerte de la hinchada era del cuadro locatario, muchas muchachas ubicadas al borde de la cancha donde se vivía un clima de sana algarabía y las chicas poco a poco iban agarrando coraje y le tiraban alguna indirecta o directa al Mariolo, que respondía con su reconocida fama dicharachera, pero a verdad que lo fueron preparando a fuego lento. Nuestro cuadro “El Juventud” perdió la final con Nacional de Palo Solo por penales y como no había ambiente de bailarines en el cuadro y el chofer del camión no quiso esperar regresamos temprano al pueblito.
Cuando llegamos, Mario me dice “¿qué te parece si le pedís la forchela a la Coneja Combe y nos vamos un rato al bailongo?”. Como siempre no tuvimos ningún problema con el asunto de la Forchela. Cuando íbamos saliendo invitamos a mi hermano Luis que andaba a la vuelta. Consiguió una frazada vieja y un casillero de doble Uruguaya del bar Viggiano y salimos. Cuando llegamos Honoré Ibarra y su baracutanga estaban ventilando negras y corcheas a troche y moche animando la noche. Al ver que las muchachas de la portería no nos reconocieron tuvimos que pagar la entrada. Ni bien pasamos el umbral de la puerta entramos y Mario comenzó a hacer un reconocimiento a la parte femenina y que desilusión estaban todas con sus respectivas parejas, y ni que hablar de las suegras que estaban a cargo de la gurisada. No quedaba otra, mostrador con nosotros, donde se encontraban los más firmes catadores de la zona. Con Mario le entramos a la caña amarga con vermouth favorecidos por el precio. El cuadro ganador también hacia correr la amarga en forma generosa desparramando alegría por todos los rincones del galpón.
La cosa fue tan de golpe que termino la pachanga y en menos que canta un gallo quedo vacio el galpón. Se piantaron todos. La gran sorpresa fue cuando llegamos a la forchela, tenía las 4 gomas chatas, “cosa de mandinga” comento mi hermano, “cosa de algún trasero roto mala leche” agrego Mario. Y cero inflador. No quedaba otra que entrar a caminar. Estaba cayendo una helada por el campeonato y la maldición más chica no tenia parangón, no la empardaba nadie, ni tiempo de pensar en la luz mala de reconocida fama por esos campos. Y fue dormir apurado y temprano al amanecer conseguimos 2 infladores en el taller Oudri y salimos rumbo al paraje “La Laguna”. Por suerte fue solo inflar, carretera y ponernos a trabajar en nuestros respectivos oficios, pero aprendimos que no se puede confiar en nadie.
Después de todo ya es sabido que hay dos clases de personas, las buenas y las malas. Sucedió en el pasado, sigue pasando en el presente y nadie lo va a detener en el futuro. Cuestión de cuidarse, pero como se puede apreciar este comentario solo sirve como escalón para el comentario siguiente, “donde lo groso de lo sucedido esta a la vuelta de la esquina”.
Resulta que semana santa o turismo estaba por llegar y los muchachos de la barra del taller Oudri nos preocupaba la locomoción para trasladarnos al algún arroyo de la zona. Sin tenerlo pensado se soluciono lo del lugar para acampar ya que mi viejo Juan y Antonio “El Loco” Ferreira habían conseguido un trabajo en una estancia cerca del paraje “Palo Solo”, para hacer un apartamento para las hijas del patrón y las amigas cuando venían de vacaciones desde Argentina, porque la construcción de la estancia era muy antigua y les metía miedo. El patrón era Alemán de origen y vivía en la Argentina, Nielsen de apellido.
Mi viejo le comento si no habría en el campo algún lugar para acampar y en un jeep lo llevo a ver un lujo de arroyo con una sombra de novela. Un campeón el dueño de la estancia. Después llamo al capataz y le ordeno que todo lo que necesitáramos durante los días de campamento nos lo hiciera llegar. Que tal.
Antes de entrar con el asunto de la locomoción quiero contar algo acerca del “Loco Ferreira”, el cual tenía cantidad de locuras acumuladas, no de balde lo llamaban el loco. Contare una anécdota o locura que me toco vivir. Mi viejo Juan al no tener tiempo para cumplir un compromiso laboral en la localidad de San Roque, envió al loco para cumplir con el trabajo y yo fui como ayudante o peón de mano. Había que poner concreto sobre un piso de ladrillos que estaba muy deteriorado debajo de un hermoso parral, y el trabajo había que terminarlo en el día. Me paso a buscar a las 5 am y salimos. Todavía estaba oscuro. Cuando llegamos nos recibió el dueño de casa, descargamos y comenzamos a armar la malla de hierro y las barandas. A las 8:30 nos llamaron para el desayuno, teníamos un hambre que las tripas no chiflaban, cantaban, una mesa tendida que más vale ni recordarla, pan casero, chorizo casero, manteca casera, dulce de higo casero, leche recién ordeñada y perdón me olvidaba del queso. Ni bien la dueña de casa preparo todo y se ubico en la mesa Antonio El loco ataco a servirse. De pronto el patrón con un fuerte golpe en la mesa le grito, aun con más fuerza todavía, “¡Espere un momento Don Ferreira, tenemos que decir la ORACION!”. ¡Para que! El loco me hizo una seña y a cargar se ha dicho. “Conmigo las Oraciones no corren” repetía, mientras cargábamos. Durante el viaje de retorno no me podía sacar de la cabeza lo de la mesa del desayuno, el piso sin terminar y la oracion sin poderla escuchar. Me alivie algo cuando llegamos a la panadería “El Trébol” del Negro Dávila en Ombúes de Lavalle y atacamos los biscochos y una rosca de chicharrones. Cosas de la vida que pasaron por los pagos de San Roque.
Bueno crease no fue fácil encontrar locomoción para poder llegar al arroyo arriba mencionado, pero la vida siempre te da soluciones. Miguel Hernández estaba trabajando en los médanos de playa Conchillas cargando arena en las barcazas que llegaban de Bs As, y los paleros y camioneros tenía unos cuantos días libres. Pero según él cuando llegó a la casa se encontró con que el contrato de vida ‘conyugal’ se lo habían clausurado. Tuvo que pasar a compartir un lugarcito donde vivían Florencio ‘Payanca’ Castillo y Amílcar ‘el Tuerto’ Álvarez, que le alquilaban a Jose Batelli un pequeño bulín y donde Miguel casi tenía que dormir parado.
Hugo ‘la Coneja’ Combe fue el encargado de negociar lo del camión con Miguel y no hubo ningún problema. Prácticamente ya estaba todo solucionado. Saldríamos el jueves temprano a la mañana, cuestión de cargar y arrancar lo más temprano posible. El miércoles a la tardecita decidimos ir al Bar Viggiano para tomar unos tragos y ultimar los últimos detalles.
Había mucha concurrencia en el Bar y reinaba una algarabía total. Teníamos todo, pero nunca falta un pelotudo que dijo “solo les falta un cocinero, porque no van a buscar al Tito Bidart”. El Tito gran amigo de mi viejo le habíamos dado el título de ‘Gran Cocinero’, y hasta se lo creyó, y cada vez que andaba por el pago y conseguíamos algún lugar, él se encargaba de la parte culinaria, eso sí, tenía que tener buena lubricación disponible y esto va en serio, un gran mecánico en la línea diesel. Era temprano, íbamos justo al mismo lugar donde nos habían desinflado las gomas, vaya coincidencia.
Fui por la forchela que la habíamos dejado en la estación de servicio y cuando llegue al Bar, Mario Oudri estaba esperando junto con 2 muchachos que querían ir con nosotros hasta donde vivía el Tito, (o estaba trabajando), y después seguirían hasta su respectiva vivienda. Los muchachos de ‘La Lagunita’ una pinta de novela. Saco y pantalón azul camisa blanca, corbatas de banlon una amarilla y otra naranja claro, y cada uno con un pañuelo en el bolsillo del saco sujetados por un par de lapiceras Parker. Nunca nos pudimos explicar el motivo de tanta pinta, un miércoles a la noche, en semana de turismo, algún velorio, cumpleaños, casamiento, despedida etc. nunca lo supimos.
Llegue con la Fort y salimos. Hacía mucho calor pero nadie imagino lo que se venía. Cuando salimos de la calle principal rumbo a nuestro destino, empezaron los relámpagos y unos truenos que se venía el mundo abajo y tras cartón se largo a llover de una forma difícil de describir. El asunto era pegar la vuelta, pero seguimos. Habían pasado la moto niveladora y rebotábamos al mejor estilo de los autitos chocadores de un lado al otro de la calle. Mario sacaba la cabeza para afuera y me dirigía “dale a la derecha, mas a la izquierda, seguí por el medio”, y así llegamos a destino donde estaba el Tito.
Uno de los muchachos comentó “si logramos pasar la parte del San Rafael, continuación de un arroyo, el camino que viene es firme y arenoso y salen a la carretera que pasa por Palo Solo”, pero el asunto era llegar hasta donde estaba el Tito, pero no lo hicimos. Tomamos carrera, empujamos y se nos fue la forchela hasta el eje, en el barro. Un desastre total. Yo estaba estrenando champeones y un vaquero ‘Far west’ y en el asunto de empujar perdí un champeón en el barro. Mañana lo recupero pensé pero nunca más, el barro le dio sepultura para siempre. Uno de los muchachos comentó “sigan nuestros pasos, vamos a casa pero sin barullo porque si nos siente el viejo cobramos por seguro”. Menos mal que los ranchos estaban separados y entre los truenos y la lluvia los dueños de casa ni se enteraron.
Les cuento que en ese maldito campo había rosetas al por mayor y me lleve la espinadura más grande de mi vida. Menos mal que perdí un solo champeón. Llegamos y colgamos la ropa en un clásico perchero de campaña un palo largo sujetado del techo por un par alambres. A Mario le dieron un pantalón de fútbol pero yo seque mi calzoncillo al puro corazón y garra. Nos dieron un cojinillo para cada uno y el frio que pasamos esa noche acostados en el suelo desnudos sin nada para taparnos fue de dentadura libre.
El dueño de casa a las 5 de la mañana empezaba a ordeñar. Tuvimos que vestirnos con la ropa echa sopa y salir otra vez a enfrentar una garua finita que calaba hasta los huesos, y las rosetas ni hablar. Cuando llegamos a donde estaba el Tito Vidart, y nos vio, no lo podía creer. Estaba tomando mate. Enseguida trajo un chorizo seco, galleta de campo y preparamos café caliente. Un lujo de café que nos permitió arrasar con el chorizo casero y la galleta porque el hambre que traíamos no sabía de cumplidos. Mientras desayunábamos el Tito tiro unas presas de puchero en una olla, puso cebolla, pelo papas, boniatos y a esperar a secar la ropa. Yo la cartie al puro calzoncillo pelado, El Tito comento mientras se cocina el puchero vamos a tratar de sacar la Forchela del barro.
Saco un Fordson del galpón, unas cadenas y en un periquete la popular maquina quedo pronta para desafiar la ruta otra vez. Sopa, carne, papas, boniatos y un vinacho bastante coscorrón nos alegro un poco la vida y salimos a flote. Por suerte logramos salir a la carretera llegar y juntar las cacharpas para el campamento. Solo faltábamos Mario y yo. Guardamos la Ford T en la estación de servicio, después de una buena manguereada y salimos rumbo a la estancia. Cuando llegamos, el capataz se puso a la orden para todo. Los peones habían limpiado el terreno donde preparar el campamento. Un lujo aquello. Inauguramos las brazas con un buen asado y a regar la situación con un tintorelo de mi flor, y después a disfrutar del campamento se ha dicho.
Al principio como siempre todo tranquilo, mientras se hacia el asado le fuimos dando forma al campamento, uno de los peones comento “a lo mejor nos damos una vuelta, mas tarde”. Cuando volvieron picaron algo de asado y apuraron el vino. “Mañana vamos a traer un cordero, y si les gustan las mulitas también les podemos traer. Este campo está lleno”. Mi viejo comentó, “yo opino que a las mulitas nos se les debe tocar, pero es una simple opinión”.
Después de darle duro al asado y al vino, arrancamos el programa musical al vale todo. Como siempre cada uno elegía lo que más le servía o también se podía hacer cuentos de terror, o lo que fuese, pero estos no corrieron porque uno de los peones era hermano de Carlos Cuestas el ciclista, compañero de Ruben Etchebarne. Estos habían competido en un certamen de ciclismo a nivel Sudamericano en Chile, y por las noches venían cantores para alegrarlos en las barracas donde estaban instalados, y les pasaron cantidad de canciones, la mayoría de color verdolaga y los gauchos no daban abasto a despacharse cantando y la noche no daba abasto a aguantarnos el tiempo.
Les cuento que el vino trabajó duro durante toda la noche y al otro día los madrugadores se llevaron la tal sorpresa. Como nadie ordeno nada en el campamento y quedo todo desparramado, los zorros que los había en gran número hicieron un desparramo en el campamento de no creer. Germán Valdez dijo aten unos huesos los pasean por el campo y los sujetan en la rama de un tala que esta noche yo los acomodo. Logro bajar uno. Durante la mañana vino y fritangas de mojarras, porque resulta que llevamos 5 kilos de harina y yo era el encargado de las tortas fritas, pero tomaba la masa con el agua muy caliente y tenía que tirar el engrudo, y esto trajo aparejado que la laguna se llenara de mojarras y era tirar y sacar. Un lujo aquello, mojarras fritas al vino tinto. Los peones cumplieron con el cordero que era más bien tirando un poco a capón pero marcho. Dijo mi viejo “para mañana pueden traer unos pollos para hacerlos a las brasas, yo pienso que con 6 alcanza”. El capataz dio su palabra, y como mi padre trabajaba levantando un apto en la estancia, tenía todo su derecho a pasarla bien. Y de verdad la pasamos re bien, cantarela, truco, comidas y muchos brindis nos llenaron el alma de recuerdos, anécdotas y alegría.
Y al final como siempre la despedida nos dejo una sensación de tristeza pero contentos al final por haber compartido la compañía de gente tan maravillosa. En el abrazo final quedo sellado lo mejor que la vida te puede ofrecer compartir, disfrutar, agradecer y mirar el futuro con el corazón lleno de optimismo.
Walter Gonzalez.