25 – Espumadera

Quién habrá sido el iluminado que lo bautizó con ese apodo a José Maria Cabral. Yo siempre digo que son los duendes de la vida los que se encargan de poner el ojo clínico, y los que atrapan todas las situaciones, conversaciones y la forma de ser de las personas y a los que no se les escapa ni el más mínimo detalle, puede ser …no sé, pienso.

Lo que sé, es que hasta ahora no he encontrado otro “Espumadera”. El nuestro para mi modo de ver, era y sigue siendo exclusivo, aunque oriundo de la ciudad De Colonia, nuestro pueblo lo adoptó como propio y lo pasó a querer como tal y puede ser que en algún otro lugar también puede haber otro. ¿Porque no? …no sé, pienso.   

También algo que me parece es que de no ser por esos seres imaginativos para los sobrenombres, todo sería menos divertido, tal vez, puede ser…no se, se me ocurre. Lo que sí sé, es que por aquella época,  José Maria formaba parte de aquel paisaje de gente de mi pueblo, de un tiempo casi sin mucho apuro, de pachorra libre, de siesta obligatoria, porque el apuro empezó a llegar con ese asunto de la globalización, aunque después de tantos años de ausencia a lo mejor el pueblito sigue siendo igual que antes, puede ser… no sé,  se me ocurre.

A lo mejor alguien que no lo conoció pueda preguntarse “¿Quién era José Maria, cómo vivía, donde vivía, de que vivía, donde trabajaba?”. Bueno que yo lo sepa, vivía solo por algún motivo que nunca me lo pregunte ni tampoco importaba, de igual forma tenía que vivir y se lo podía ver juntando botellas, vendiendo berro, o lustrando zapatos los sábados y domingos por las noches frente al cine Tabaré o al Bar de Pancho Molinari. Siempre se lo veía dispuesto a ofrecer su voluntad para hacer algún mandado, en pos de lograr el sustento necesario y a pesar de todo siempre tenía una sonrisa a flor de labios que en unos segundos la transformaba en una fuerte carcajada, si era necesario echar el ‘indiecito’ campo afuera.

De toda forma antes de comenzar a narrar los momentos que la vida me permitió conocer, compartir y atesorar en el recuerdo, tengo que decir que José tenía algo muy especial y difícil a veces de comprender o tal vez de igualar. Jamás se le oía difamar contra nadie,  incluso con lo poco o quizás lo mucho que le ofreció la vida, porque ser parte del paisaje es el mejor regalo para todo ser humano y el libreto que tuvo que afrontar por consecuencia del destino, o lo que fuese, lo supo cumplir con hidalguía.

No sé si muchos llegado el caso se hubieran forrado con su piel, yo personalmente pienso que me hubiera quedado demasiado grande. Tal vez por eso causaba admiración y la gente lo quería, lo ayudaba y le respetaban su lugar y su forma de mirar y vivir la vida. Todos los días recorría las calles, ‘el patio de su casa’, y en los febreros de recordados carnavales se subía al palo mayor de la alegría, llenaba su corazón de fiesta y deleitaba a su gente en el tablado, ‘viejo balcón del festival de momo’.Tenía el alma llena de canciones para cantarlas en los carnavales, compartiendo la alegría del tablado con cantores de todas las edades.

Mi viejo Juan que empezó el oficio de albañil ‘de cadete’, haciendo pozos para cimientos y patines, terminó construyendo casas en Colonia Miguelete, Ombues de Lavalle, en la ciudad de Colonia y otros tantos lugares. A decir, llegó a dominar todos los secretos de la albañilería, y siempre le tuvo un afecto muy especial a José Maria, él lo llamaba el “Gaucho Espuma”, y cada vez que había llenada de cimientos o planchadas en el poblado, José Maria ocupaba el puesto como el ‘Señor de los mandados’.

Después de responder a la clásica rama verde colgada en algún lugar visible de la casa en construcción, como llamado de atención el dueño de la obra y respetando una vieja tradición, a este no le quedaba otra que ponerse en la ‘baranda’ con el clásico asado, después de la dura faena que requería la llenada del hormigón.

Antes de comenzar la jornada ya estaba todo comprado y faltando poco para terminar con el asunto de la planchada o llenada de patines, José con una carretilla hacía una recorrida por la carnicería, el bar por el infaltable vínacho, pan, productos para la ensalada etc., o sea todo lo necesario para la parrillada y así una vez todo cocinado, dar rienda suelta a la satisfacción del deber cumplido.

Cabe agregar que para esa hora ya había varias botellas vacías de caña fuerte dando vueltas por ahí, porque si la planchada era de las grandes, la pucha que había que mover los pichicos y forzosamente se imponía darles una ‘cañadita’, y el viejo Juan en ese y todos los sentidos, siempre fue muy generoso con la muchachada y con el mismo.

Cada vez que había planchada el viejo me ponía a trabajar en la hormigonera, y José Maria me decía “negro, (el me llamaba así), cuida que no rompan mucho las bolsas de Pórtland vacías, que las necesito”. Cuando lograba juntar unas cuantas las ataba con alambre de atillo y las dejaba en algún rinconcito de la obra.

Cada lunes por medio, el “Erizo” Walter Long, muy apreciado valor en el poblado hacia una cena de camaradería, ya fuera un puchero, pollo a la cacerola o alguna otra variedad, la cual era compartida por amigos, Mario Oudri, Coco Purtcher,  yo llevaba la guitarra del viejo Juan y por supuesto que José Maria siempre era el invitado de lujo y con  canciones, cuentos y ocurrencias, nos metíamos hasta el fondo de la noche.  Cabe acotar que esas cenas nos dejaron un anecdotario difícil de olvidar.

(Leer ‘La Flor de la Canela’).

Cada vez que empezaba a llover, mi vieja Maria Elida tenía un dicho,‘que llueva para mi triguito’… ¿triguito de donde? pensaba yo y un día de puro curioso le pregunté el significado de ese comentario. En los campos de Soriano me dijo, “vivía un Señor de apellido Buffa, estanciero, ganadero, chacarero y con muchos más ‘eros’ en su haber, que había sembrado sus chacras arriesgando, pese a la advertencia de Flammarion, complicado meteorólogo de la época que había pronosticado terrible seca, pero he aquí que este conocido hacendado igual se arriesgo y sembró su promesa de buena cosecha.

Se ve que conocía al famoso pronosticador, pero a decir verdad el trigal, le venía pintando la pradera de verdes ilusiones. Todo parecía a pedir de boca, la lluvia, bendición de dios, comenzó a caer mansamente sobre el lecho de sus campos y mientras disfrutaba de un amargo contemplaba aquella generosa maravilla sentado detrás del ventanal y comentaba, “que llueva para mi triguito”, de pronto y en menos que canta un gallo, se desató un truénale de novela, temporal de viento y granizo desmedido, capaz de doblegar al mejor y más audaz de los erguidos y un santiamén se sintió “bufar” al dueño del sembrado, que cambió lo de “mi triguito” por un grito amenazante de guerrero.“Que llueva para todos en general”.

¿Y bueno que tendrá que ver José Maria con todo esto?, pero si tiene su pequeña anécdota. Es sabido que en los yeitos de la vida, todo depende siempre del mandato del “Patrón” de los arriba, el que al opinar de la gente es el que maneja el ‘clima’ y sus misterios y cuando estos asuntos toman rienda suelta y se desatan, la cosa se pone difícil para todos, y más ahora que con el asunto del cambio climático se colaron El Niño y la Niña, y andan haciendo diabluras a troche y moche, de día y de noche.

Casi siempre el mal olor comienza por el lado de la campaña. Que si viene de llover se complica todo un disparate, y ni que hablar si hay inundaciones, todo un riesgo al por mayor, se pudre todo. Pero aquel año sí que la cosa viene brava, pintaba de sequía, y de la buena,  un veterano sacudía la cabeza y comentaba, “esto es seca cuñado..si no miren los alguaciles como andan, me parece que esos bichos nunca fallan”. “No hermano, los alguaciles anuncian viento”, comentaba otro paisano, “bueno como quiera que sea, el asunto es que no llueve”.

“Ayer cuando entró el sol parecía una brasa, del color rojo que tenia”, comentaba una señora en el almacén…“Eso sí es anuncio de sequía”,  decía otra, “según lo comentaban mis abuelos”. A medida que pasaban los días sin llover los comentarios se seguían sumando. Nadie arriesgaba a sembrar nada, además a la tierra no le entraba ni las balas, por decir algo.

Poco a poco los pobladores del campo empezaban a ventilar sus problemas. “Justo ahora que pedimos un préstamo en el banco para sembrar” comentaban algunos, “el año pasado tampoco fue de lo mejor” agregaban otros, “con decir que la patrona de preocupada ya ni duerme por las noches”, “y la mía tampoco” comentaba otro chacarero, “que quieren que les diga, nadie duerme tranquilo en este pueblo”. “Para mí que este año no hay cosecha, además ya casi no queda pasto y se están secando las aguadas y los tajamares”.

Las personas que se encontraban por la calle ya ni se saludaban con el clásico saludo… se gritaban… “¿no sabes cuándo va a llover?”, “Pal día del arquero” contestaba el otro y  le agregaba… “la pucha que esta fea la cosa, lo que se va a venir si no cambia la situación”. El bolichero comentaba a modo de ‘avisito’, “Esto es malo porque después se viene la suba de todo”.  “Cállese si usted con seca o con lluvia gasta el lápiz como loco”, le decían las vecinas, a modo de un chiste cargado de ‘veneno’.

Con las pasturas resecas por el suelo, no faltó el lechero que al sentir el grito de…¡andan los inspectores por el pueblo!’, y en una curva por demás endemoniada perdiera una rueda del carricoche de reparto, con la “buena fortuna” de perder toda la ganancia del día. Algunos más afligidos y poco pensantes, entraban a culpar a los gobernantes de turno como para lanzar una protesta que aliviara un poco su bronca, nada que ver, si ni siquiera podían cumplir con lo que habían prometido, como para andar metiéndose con asuntos de sequía, aunque la mayoría de los políticos, por no decir casi todos tenían su ‘cuevita’ bien protegida en algún lugar, en los campos del paisito.

Lo bueno que nadie protestaba contra el ‘Creador’ de todos los problemas y asuntos que se venían. El único que se conoció que lo hizo pero no por la falta de lluvia  precisamente, fue el ‘Renegau’, popular personaje del pueblo que lo desbancaron en una partida al monte y salió gritando como loco por la calle “¡hasta dios es colorado!”.

Todos estos comentarios fueron alertando a José Maria que ya lo tenía todo bien claro  ante la inseguridad que se notaba en la población y la bulla de los comentarios de la gente. El, en parte se sentía como a salvo de todo riesgo, total que estaba como el “Cura” de la canción.. No amansaba bueyes ni tampoco sabía arar.

A todo esto, una mañana que Mateo Castro, que juntaba la basura del poblado en un carretón, o rústico tumbero, justo que estaba llegando al basural en cuestión, salió de entre unas chapas José Maria…desperezándose. “¿Como anda don Cabral?” le gritó Mateo. “Um mira Mateo muchos ricos quisieran poder ‘dormir’ como yo”…contesto José. “Cállese don Cabral que lo van a fusilar”, le retrucó el colector de la basura.

De tanto en tanto José Maria se aparecía por casa porque mi padre siempre que podía le guardaba alguna cosita para el pellizque, en el peor de los casos un par de rebanadas de pan con dulce de higo casero era bien agradecido. Siempre que venía traía en una vieja caja, la clásica Satinola, un pedazo de paño lenci y un cepillito para lustrarme los zapatos. No es que quiera hacerme el pintoresco pero me animo decir que en la comarca por esa época, mis zapatos brillaban más que el sol.

El problema estaba en la suela, en el izquierdo una tela de cebolla y en el derecho una tela, pero ya recibida de agujero, casi nada. José Maria se reía y me decía,  “negro, si no cruzas la pierna no pasa nada, con un pedazo de cuero o un cartón medio duro ya está todo arreglado”.

Si alguien no me quisiera creer, por más plata que tuviera no daría ni un centavo para que me lo creyera, pero lo más duro que me pasó, fue en una sección “vermouth” en el club

Peñarol. Palanqueado por unas virundelas demás que tenía acumuladas, se me olvido por completo lo del cartón en el zapato y me entre a desparramarme en un tango milonga de novela. Y de novela fue el ruido del cartón cuando se gasto y empezó a salirse para afuera. Menos mal que se terminó a tiempo la entrada de la orquesta. Eso sí, no me alcanzó el valor para escoltar a mi compañera de baile hasta la mesa. Otro pedazo de cartón que tenia de repuesto me soluciono el problema por el resto del bailongo. 

Por aquella época la pasividad del pueblo y sus habitantes permitían una generosa libertad para desarrollar ciertas actividades nocturnas en casi todos los bares de la población. Partidas de “monte” y “chevele” eran la comidilla de los fines de semana y a veces. También en medio de la semana con una concurrencia respetable y donde José  Maria, hombre sin compromiso, era infaltable en todas esas tenidas.

También habían personas con sus obligaciones que hacían numero en esas particulares reuniones y no me puedo olvidar que a pesar de ser menor yo también solía filtrarme esos lugares llevado por una curiosidad que me acompaño toda la vida. Siempre preferí que nadie me contara la información que yo mismo podía conseguir. José Maria siempre andaba a la pesca de conseguir un par de pesos para hacer una ‘vaca’, que consiste en jugar a medias con el voluntario que se arriesgue en la sociedad y seguir jugando hasta que se ‘crié o engorde’ lo más posible como se solía decir.

Cuando tallaba al “chevele” siempre lo hacía por ‘mitades’, o sea si ganaba en el primer pase o tirada sacaba lo que había puesto y así, si después  perdía, tenia para probar suerte una vez más.

Cuando la noche se iba haciendo larga nunca faltaba algún ganador que lo invitara con algún ‘refuerzo’ que podía ser de milanesa, mortadela o queso y salchichón.Esa vez yo no lo vi, por estar trabajando fuera del pueblo, pero me lo contaron, que una noche lo acompañó toda la suerte junta y se lo ganó todo.

Cuentan que de la mañana a la noche se compró todo nuevo, desde la gorra a los zapatos eso sí,  le quedaba todo grande o tal vez el demasiado chico era él. Dicen los que lo vieron que parecía un ‘dandy’ en miniatura. Siempre tuve la esperanza que alguien le hubiera sacado alguna foto, pero a lo mejor no hubo tiempo porque ya pasada una semana empezó a vender las pilchas una a una y volvió nuevamente a usar su vieja vestimenta.

Una tarde apareció por casa y me dijo… “Negro te traigo un regalo”, y saco un cinto que traía en un bolsa de nylon…al principio no se lo quería aceptar, pero mi viejo Juan me dijo “agarrelo que se va a poner contento”. “Negro quédate con el me dijo, yo no uso cinto, y este está nuevo”. Un muy lindo regalo, pero en tantas ‘idas para acá’ y ‘venidas para allá’ se me perdió, una pena porque hoy por hoy de seguro sería un preciado souvenir.

Yo siempre estaba a la pesca de saber cuándo habría partida de “treinta y una” en el bar La Comparsita , donde José Maria era un verdadero campeón y eso que había grandes “tacos” por esos momentos. Zandalio Cervantes , el ‘Anciano’ Granotich, Angelito Fernández, el ‘Turco’ Machuca, el ‘Mudo’ Felix Maidana, el Negro Caseras por nombrar solamente algunos de los veteranos, entre los jóvenes aprendices, el Negro Rodriguez , Ramon la ‘Juanita’ Vitalis, ‘el Chino’ Cairus , El ‘Manso’ Cervantes, Antonio ‘Fayi Conta’ Vitalis y muchos otros que los voy a salvar de la quemazón, por ahora.

Cuando José Maria estaba tallando era difícil sacarlo y si le tocaba la bolilla 22 por un ejemplo con un pasabola se sacaba el 9 como con la mano y verlo tirar un 4 de baranda era todo un lujo, daba gusto verlo jugar y eso que daba la ventaja  muchas veces de un pulso inseguro y desparejo.

Por el camino de la vida se pasa una sola vez, sin excepciones y lo que todavía no lo he sabido es donde, cómo y cuándo fue, que terminó sus días el pequeño rey de la comarca.

Lo que es seguro es que cuando la “parca huesuda” lo llamó se fue con ella. Tal vez lo puso en el más lindo de  los sueños, basta ya de fríos invernales, basta ya de  pesadillas y largos sufrimientos. Y cuando el ‘sueño del misterio’ lo fue venciendo lentamente, tal vez le puso el brazo sobre el hombro y lo invitó a caminar por las veredas.

De que vale quedarse por más tiempo, si ya no está más el viejo tablado de tus sueños, no titilas las luces de colores, ni se escuchan los parlantes barulleros. Ya no se ven las alegres mascaritas, ni se escuchan los gurices que voceaban a los cuatro vientos… “Caramelos, pastillas, chicles y bombones”.

Ya se “marcho” el vendedor de pomos, papelitos y serpentinas, y no existe más el medio tanque de aquel viejo choricero que metía humo por los cuatro vientos.  El “progreso” se llevó la alegría de los pueblos y dejó solo la nostalgia y los recuerdos de otros tiempos.“Vamos, nos iremos despacio, despacito, que nos espera un largo, largo viaje…..Vamos a descansar, que mañana cuando el sol alumbre el día ya no serás más parte del paisaje.” Ojala que ese haya ido envuelto en el más dulce y placentero de los sueños.

Tu vieja gorra azul, y tu barba nevada

Andarán rumbos nuevos por sendas estrelladas

Despidiendo tus sueños, con sones de guitarra

Te pido que al momento que yo también me vaya

En tu tablado abierto de noches encantadas

Guárdame un lugarcito, te pido esa gauchada.

Ojala que el olvido no te lleve, lustrabotas de Ombúes de Lavalle.

Ojala que la historia te recuerde señalando el “destino de una calle”.

Esto último “sacado” de la canción  “Réquiem por Jose Maria”.

Walter González.