Para los que alguna vez escucharon mi canción ‘Que tiempos aquellos’ una parte dice, “el parque feituyaga de viejas calesitas.. etc”, y tal vez algunos se habrán preguntado el significado de esa palabra, lo que trataré de explicar de la mejor manera para informar de alguna forma a los muchachos que no vivieron esa época tan lejana y también los que la vivieron y tal vez nunca se enteraron el porqué del invento o significado de ese nombre.
Por aquellos años de nuestros tiempos juveniles, solía aparecer de tanto en tanto por nuestro pueblo un parque de diversiones, que si bien tendría nombre, nadie de la barra lo tuvo en cuenta o se dio cuenta. Dicho ‘Parque’ se instalaba en la esquina que quedaba pasando el bar de don Pancho Molinari, como yendo rumbo al sur y siempre que llegaba le daba un toque de vida muy especial a la gente de nuestro pueblo.
Cuando se empezaban a ver los movimientos del armado de los juegos en cuestión, ya la muchachada empezaba a presagiar lo que sería el disfrutar de las nochecitas veraniegas, disfrutando todos esos momentos de esparcimiento y alegría, rodeados de familiares y amigos y por ahí los sin compromiso tener alguna chancecita amorosa.
Gran variedad de juegos, para todos los gustos y edades llevados de la mano y la experiencia de su dueño don Santiago, hombre sumamente destacado por la forma de animar la concurrencia. Por ejemplo cada vez que se vendían todos los números de la tómbola donde había infinidad de premios a ganar, Don Santiago gritaba bien fuerte y según a nuestro entender, “ ¡feituyaga ,yaga-tiafeitu, y se va el avión, se va el súper constelación!”, volvía a gritarle al colorido Jet pronto a corretear sobre una mesa redonda para detenerse al perder toda su fuerza en el número de la persona afortunada, “¡salio el 20!, con una olla” y otra vez comenzaba la venta de los números…“aprovechen a jugar que se va a el avión”.
Por lo general en esta disciplina participaban la gran mayoría de la concurrencia, las abuelas con el gran deseo de llevarse como premio de la noche algún Santo o Virgen, tal vez alguna gallina de yeso empollando los asuntos, o entre la gran cantidad de novedades llevarse algunos de los enanos que llamaban la atención a los más pequeños, o tal vez alguna muñeca para decorar la cama. También había coladores, ollas y sartenes, además de Chaplines, Gordos y Flacos junto al resto de los figurines de todas las épocas y en una esquina de la estantería, quien no la figura del Mago Carlitos Gardel luciendo su inconfundible sonrisa y su impecable peinado a la gomina junto a los cuadros de Leguisamo y el dúo Magaldi / Noda.
Casi siempre aparecía algún paisanito con “biyuya” fresca bien ganada con el sudor de su esfuerzo en alguna changa realizada en la zona y se lucía amontonando ticket a la espera de algún premio, aunque casi siempre se daba el viejo dicho de la Chita Purstcher “siempre gana el que no precisa”.
También se solían ver cantidad de parejitas donde los varones se jugaban su chance para de tener fortuna con algún premio, lograr un mejor arrime y quedar como un campeón con la suegra de turno. A la segunda parte del grito, la muchachada de la barra poco a poco lo fue lumfardiando hasta convertirlo en “yateafeito” para después usarlo en todos las ocasiones más imaginables y picarescas, por supuesto conjugando el verbo en el tiempo conveniente.
Recuerdo que Mirto Debeza, siempre conseguía para vender los tickets del sorteo del avioncito pero con tan poca convicción y tanta timidez que su flojo “vendo, vendo” no convencía a nadie y tenía que venir don Santiago que con un par gritos de “son sordos o no tienen plata” conseguía venderles a todos los indecisos habidos y por haber.
Para los otros juegos Santiago Oudri casi siempre tenía a su cargo la tarea de vender los tickets, cómodamente instalado en el interior de una casilla de madera ubicada a la entrada de donde estaban los juegos. Dicho parque de diversiones tenia además del súper avión, un par de botes donde 2 personas sentadas de frente tiraban cada uno de una cuerda para tomar el impulso necesario y así elevarlo por el aire metiendo un ruido a chapa floja que aterraba. Recuerdo que una vez subieron para divertirse un poco y ver qué pasaba, Chicho Saret y Tractor Machado pero con tanta vehemencia y decisión que casi lo hicieron bolsa al pobre bote.
En una pequeña mesa había un cuadrado con arena camuflando unas especies de planchuelas livianas con un agujero arriba, eso era para pescar algún premio con una varilla con un gancho en la punta donde todos ganaban, que cada poco rato don Santiago aparecía y pegaba un grito bien fuerte “¡a la peeessscaa!”.
También tiros al blanco con pistolas de aire comprimido donde había que bajar unos patos que pasaban como “pedo” llevados como nacidos por una cinta de goma y otro juego con pelotas de trapos donde para ganar algún premio había que voltear todas las latas vacías alineadas arriba de una madera, donde recuerdo que a un ‘alguien’ venido del paraje la Lagunita se le ocurrió prepararse una pelota casera con una piedra adentro, afino la puntería pero erró el “el biscochazo” y se tuvo que borrarse de apuro debido al fuerte ruido que se produjo contra la casilla de chapa.
Yo por mi parte, junto con algunos de los muchachos nos divertíamos tratando de acertarle con unas argollas de madera, al pescuezo de unas botellas de vino que estaban sobre una mesa, a una distancia que no era para nada fácil salir de perdedor. Todos sabíamos que era mejor negocio comprar una botella en el lugar más caro y exclusivo, que arriesgar, pero bien valía la pena divertirse un poco, aunque siempre alguien ganaba y se lo veía mostrándose orgulloso con su botella debajo del brazo.
Está descontado que entre tantos juegos de diversiones el más popular como que no, ni no Las calesitas, aquel hermoso carrusel de la alegría donde los más pequeños eran los favorecidos, con el orgullo de sus padres, abuelos y familiares y donde Don Santiago se destacaba gritándole a los caballitos vamos “¡Sol de noche, Cruceiro, Botafogo arre arre caballito!”, mientras los animalitos de madera y fantasía subían y bajaban a medida que cada vuelta les acortaba las ilusiones de seguir disfrutando a los asombrados niños de tantas noches encantadas.
De seguro que todo esto de las calesitas y el parque de diversiones, que Don Santi tenía más juegos y cosas, pero a mi memoria se le han ido borrando pero de lo que sí estoy casi seguro es que cada uno de los niños y niñas que tuvieron la suerte de tener aquellas vivencias las guardan en el rincón más preciado de sus corazones.
Después el tiempo que siempre se lleva las cosas y los sucedidos me llevó a mí también y comencé a vivir en la ciudad de Colonia y todas las vivencias Ombuenses pasaron a ser historias. Ya radicado y adaptado a mí nuevo lugar por las nochecitas y cuando necesitaba algún trago de tintín para acompañar la cena caminaba una cuadra y ya estaba en el bar de don Elías Bardacosta.
Una noche repitiendo la vieja rutina, tomar una grapita con limón mientras me preparaban el vinacho ‘Caluva’ sin mayor apuro, note que don Elías estaba enfrascado en una interesante charla con un veterano sentado de espaldas al mostrador. Después de verle la cara y reconocerlo le pregunte a Carlitos el hijo de Don Elías “¿Qué hace don Santiago por estos pagos?”. “Mira, después que se jubilo, cada poco tiempo viene a visitar a mi padre”, me contestó, “porque se conocen de chicos, son nacidos en el mismo pueblito, allá por el sur de Grecia”, y la verdad que para mí fue una gran sorpresa.
Son esas cosas que la vida nos tiene preparadas para hacernos pensar que tal vez muchas situaciones y sucedidos tienen algo que ver en este asunto de andar por este mundo. Por lo menos a mi me han asombrado las coincidencias que parecen imposibles de explicar y que algún día de seguro las iré dando a conocer.
Una vez que termine la grapa me apersone a don Santiago y le dije, “perdone, UD no me conoce pero yo lo recuerdo de cuando lo venía con su Parque de diversiones allá por los pagos de Ombúes de Lavalle.”
Estuvimos comentando todos aquellos momentos y a una pregunta que le hice sobre los nombres de los caballos de la calesita, contestó que por esa época estaba radicado en Brasil, y por ese motivo la mayoría de los caballos tenían nombres de clubes de fútbol del país más grande du mundo.
Todo este comentario me dio pie y la confianza necesaria para preguntarle por lo de feituyaga, y que cantidad de poca materia gris la mía, “feito yogo, yogo esta feito” no era otra cosa que “echo el juego, el juego esta echo” en la lengua Portuguesa, pero por supuesto con un tono bien distorsionado propio del buen vendedor. Por lo visto ninguno de los muchachos de la barra nos dimos cuenta de ese detalle y eso que por esos años solíamos ir a Brasil en las excursiones de Turichar , y pellizcábamos algo del idioma portugués, vaya inundación de “inocencia” la nuestra.
Cuando nos despedimos con un apretón de manos, le comente… “cuando vuelva otra ves por acá de seguro que nos volveremos a ver”, a lo mejor me contesto y me fui. Nunca supe si Don Santiago volvió o no a visitar a su ‘paisano’ alguna otra vez, lo que sí puedo decir es que el tiempo, la distancia y algunas otras “yerbas” no me han permitido todavía volver al viejo bar de don Elías Bardacosta .
Walter González.