Aquella tardecita, como casi siempre lo hacía caminaba lentamente frente a la telefónica atendida por las hermanas Charbonnier, los pájaros preparándose para la noche, picaban sus vuelos buscando abrigo en la fronda de los viejos plátanos. Una brisa suave hamacaba lentamente aquel viejo y demacrado letrero de la «Citroen» colocado en la parte alta del taller del siempre popular Don Basilio Oudri, letrero al que solo le quedaban los recuerdos y en las noches de ventolera un abundante ruido.
Bueno casi al ir cruzando la calle, apareció la popular figura de Ruben ‘Manru’ Oudri trayendo como siempre el termo y el amargo. Y casi siempre así comenzaban nuestras reuniones nocturnales. Poco a poco iban llegando los muchachos y se formaba una animosa rueda, que se encargaba de pasar revista a todo lo sucedido en el día y las anécdotas y cuentos jugaban su tarea.
Nilo »polilla» Cayrus se aparecía con su inconfundible sonrisa con un ralo bigote que más bien parecía un partido de 9 contra 11, comiendo biscochos que compraba de paso por la panadería de Teofilo Felix. Eso si nunca se olvidaba de nosotros por lo menos los que llegábamos más temprano; nos ligábamos algún cañón o cara sucia.
Con el Nilo Polilla teníamos algo en común que nos ligaba, una rebeldía para con la vida muy difícil de sobrellevar y es que esta siempre nos tiene a todos una sorpresa en la manga, sorpresa de tristeza y amargura que son las que molestan y con nosotros había comenzado muy temprano. Si bien es cierto que nunca hablábamos de nuestras cosas, sabíamos que cada reunión con los muchachos era como un escape a la realidad, una necesidad de compartir y aliviar la vida de la mejor manera posible.
Aquella noche, el tiempo nos fue ordenando retirada como era usual, algunos trabajaban otros no tanto los demás sin comentario. Cuando llego mi turno salí caminando calle abajo, cabeza gacha y paso lento. De pronto una voz que me grita «Gulichan» era la «polilla», que había decidido cambiar de ruta para acompañarme. Seguimos calle abajo lentamente, una luna grande, llena, anaranjada y generosa levantaba su forma por entre las ramas de los árboles que parecía que arañaban la noche. Mira que luna, pedile algún deseo le comente, sacudió la cabeza pero no contesto, cuando llegamos a la esquina que teníamos que separarnos me puso la mano sobre el hombro y comento bajito; “como duele llegar a casa”.
La luna se iba elevando más rápidamente pero bajo la oscuridad de aquel gorro azul con la visera quebrada me pareció ver un llanto silencioso. Aquella noche el tiempo, en la medida que iba pasando me fue llevando el sueño y posiblemente comprendí cuanta tristeza se ocultaba detrás de aquella sonrisa de los bigotes ralos, porque el también sabia del sabor amargo que se siente cuando el destino te deja sin la vieja.
Walter Gonzalez